Se llamaba Anastasia Guadalupe García Zavala, quien fuera cofundadora de las Siervas de Santa Margarita María y de los Pobres, tras un proceso que en su capítulo diocesano que inició en Guadalajara -por instancia del cardenal José Salazar López- el 29 de julio de 1984 y que contempló 211 sesiones y 34 interrogatorios a testigos, fué beatificada por sus virtudes heroicas, su profunda vida de oración y por habérsele comprobado un milagro en favor de don Abraham Arceo González.
La madre Lupita nació en Zapopan, Jalisco, el 27 de abril de 1878, en un hogar de sólida formación católica, siendo sus padres Fortino García Venegas y Refugio Zavala. Murió en la vecina ciudad de Guadalajara el 24 de junio de 1963. A lo largo de sus 85 años de existencia trabajó, infatigablemente, por extender el manto protector de la caridad de Jesús entre los más pobres de los pobres.
Fue superiora de su Congregación en tiempos en que ser religiosa o religioso en México era como una ofensa de muerte al gobierno. Sufrió persecución y hostigamiento, como tantos millones de católicos en tiempos del general Plutarco Elías Calles (1924-1928) y los generales que le siguieron en el poder hasta 1940. Pero nunca desfalleció: su amor por los pobres, de los cuales hizo muestra resplandeciente en el Hospital Santa Margarita en Guadalajara, pudo más. La fe en Cristo siempre puede más.
Para la madre Lupita eran los pobres el destino, el origen y el fin de su vocación religiosa: volcarse a ellos, darles una esperanza, curar sus cuerpos y sus almas. Desde el momento en que tomó el hábito hasta su muerte, es decir 63 años, los dedicó a esta altísima convocatoria de la Gracia: curar, fortalecer, donarse a los que nadie cura, nadie fortalece, nadie dona nada.
Su fama de santidad no le abandonó a la hora de la muerte. Tanto así que, por intercesión suya consiguió de Dios la curación de un caso terrible de pancreatitis aguda necrotizante que sufría don Abraham Arceo. Era el 25 de julio de 1988, en la habitación 202 del mismo hospital en que la madre Lupita volcara su vocación.
El beneficiado estaba desahuciado. Y dijo: «Madre Lupita, agarrase bien de la mano, o suéltame». Hoy sigue vivo.
México ha sido favorecido con 28 santos proclamados por Juan Pablo ll (cuando inició su pontificado México contaba con un santo: San Felipe de Jesús). Con la madre Lupita llegarán a 14 los beatos, todos nombrados por el pontífice.
Quedan en lista 14 «venerables» (se ha reconocido sus virtudes heroicas) y 85 «siervos de Dios» (su proceso de beatificación ha sido emprendido).
Beato Pedro Betancur, Apóstol de Guatemala
Pedro de Betancur nació en Villaflor de Tenerife (Islas Canarias, España) el 21 de marzo de 1626. A los 20 años dejó sus islas para trasladarse a Cuba y de allí partió a Guatemala.
El 18 de febrero de 1651, cuando Pedro cruzaba el puente de San Juan Gascón para entrar en la espléndida capital de la Capitanía General de Guatemala, la tierra de Panchoy, estaba temblando. Dentro de sí tenía al mismo Cristo, nacido en Belén, muerto en el Calvario, resucitado al tercer día.
No era clérigo; no era caballero distinguido. Estaba desprovisto de títulos. Era un peregrino, un romero. El corazón de Pedro, verdadero amador de Cristo, pronto quedó colmado con el dolor y el sufrimiento que pululaban en la ciudad de Santiago de los Caballeros, de Guatemala, desde la calle de los Pasos hasta la calle Ancha de los Herreros.
Para él no existían clases sociales, para él no había damas, caballeros, artesanos o indígenas; para él sólo había almas que podían perder el único negocio importante y decisivo, que es el negocio de la salvación. ¡Pueden salvarse o condenarse! ¡Ricos y pobres, sanos y enfermos, todos por igual, pueden salvarse o condenarse!
Y arreciaba, con los clamores, la penitencia. De la contemplación del misterio de la Encarnación en Nazaret, pasaba al Calvario, para contemplar a Cristo crucificado, sediento de almas, y levantaba su voz, suplicando por aquellas grandes necesidades espirituales y materiales que le desgarraban el alma. Para hacer más eficaz su oración, para hacerse oír de Nuestro Señor, acudía a la Santísima Virgen, recurría a San José.
Pedro era un hombre que no tenía nada. Suyo era el dolor, el sufrimiento, la miseria, la ignorancia del prójimo. El Santo de Asís, con su pobreza completa y su abrazo generoso a la cruz de Cristo, le inspiraba nuevo amor y nuevo celo.
Pedro se levantaba de su rincón, buscaba al apestado, al hambriento, al desnudo, y lo tomaba como hermano. Pedro, un hombre sin techo y sin pan, daba de comer al hambriento, de beber al sediento, vestía al desnudo. Acudía al rico, al poderoso, al que tiene, y la llama de su caridad, derretía el egoísmo y hacía relumbrar la escondida generosidad de aquellos hombres.
Fundó la Orden Betlemita, testimonio de su amor a la contemplación de Belén, del Dios Niño y testimonio de su caridad que arrastraba; hombres y mujeres se disponían a seguir su ejemplo.
Su celo por el bien de las almas le hizo pasar, de alumno del colegio de la Compañía, a fundador de la primera escuela de párvulos que registra la historia de la educación en América Central.
Como Cristo, el Hermano Pedro estaba con los pobres, comía con los ricos, instruía a los niños. Se hizo pan para el hambriento, medicina para el enfermo, consuelo para el afligido. Sus manos construyeron, su lengua educó, su conducta edificó. Correspondía lo que enseñaba con lo que vivía.
Pedro de San José Betancur sirvió a Cristo hasta aquel 25 de abril de 1667, a los 41 años de edad, cuando expiró.