Era ya sacerdote cuando hacia el año 300 se le consagró obispo de Barcelona, gran obispo que los textos antiguos describen como “humilde, puro, sabio, prudente y magnánimo”, resumiendo en estos adjetivos el ideal de pastor de almas.
A comienzos del siglo IV estalla la tormenta de la persecución de Diocleciano, y el prefecto Daciano llega a la ciudad para extirpar el cristianismo. Severo y dos de sus diáconos van a refugiarse al otro lado de las montañas, en el Castro Octaviano (hoy San Cugat), y en su camino de huida les presta ayuda un labrador, San Medín, donde hoy una ermita, lugar de tradicionales romerías barcelonesas, recuerda el milagro de unas habas milagrosamente crecidas para desorientar a los perseguidores.
En San Cugat el obispo se entrega a los soldados, que para intimidarle decapitan a san Medín y a los diáconos; luego le tientan ofreciéndole riquezas y honores a cambio de renegar de su fe, y al verle inconmovible le hunden a mazazos un gran clavo en la cabeza (por eso se acostumbra a invocarle contra las jaquecas y neuralgias).
San Pedro Nolasco, el rey Martín el Humano - a quien su intercesión curó una pierna gangrenada - y Fernando el Católico fueron devotos de este santo.