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  .: RELIGIOSAS

 
Mas o menos
   
[2007] -

En los últimos días nuevamente una comunidad de fe se vio sacudida por otro hombre consagrado que claudica en su misión. A los efectos de considerar el estado de indefensión al que se expone a la feligresía cuando esto ocurre, poco importan las razones.

Si el hombre cometió un delito (como los tan apetecibles para medios y opositores a la fe) le corresponde -como a cualquiera- el peso de la ley.

Pero sin exceptuar estos casos, el golpe dado a la comunidad es duro, difícil y, aunque se sale adelante, procesarlo no es un trámite rápido.

Porque perder por fallecimiento o traslado a un párroco u otro sacerdote de la comunidad a la que uno pertenece, se puede entender: En el primer caso porque esta vida terrenal tiene sus consabidos límites para todos. En el segundo porque algunos dicen que muchos años en una sede parroquial "relaja" las relaciones y las costumbres, y porque la escasez de sacerdotes obliga a cubrir vacantes en otras zonas.

Ahora bien, y esto es lo de difícil digestión, cuando se da que el hombre que se preparó durante años para ejercer el ministerio sacerdotal sabiendo que caminaba hacia la toma de un compromiso permanente y de por vida, tiene una crisis es fácil dudar de su etapa preparatoria.

En San Isidro -con una importante cantidad de colegios con orientación religiosa lo que provoca centenares anuales de egresados con 12 años de formación en ese sentido- las capillas y parroquias no están llenas y, las vocaciones religiosas son escasas. Si a esto se le suma que las deserciones, internas, desobediencias varias, sacerdotes que ocultan su condición en la calle, y "permisos" para no ejercer el ministerio sacerdotal se dan de un modo preocupante, el panorama resulta cercano a la desolación.

Y como si fuera poco están los violentos ataques de los que es objeto la Iglesia Católica por el hecho de anunciar y defender la Verdad. Criticada por las incoherencias de sus representantes (consagrados y laicos), señalada por no "aggiornarse", relativizada en sus aspectos más sublimes por opinadores (supuestos periodistas especializados en temas religiosos) de la más variada calaña. Un "trabajo" que con más o menos dedicación muchos realizan desalentando vocaciones y, con ello, reduciendo las posibilidades de la celebración más trascendente de la fe: la eucarística.

Volviendo al punto inicial, se podrá decir que un hombre puede tener equivocaciones, puede padecer una crisis (algunos la justifican por cuestiones de la edad y otros por la soledad) y hasta puede necesitar apuntalar su formación con retiros apropiados, para escapar de sus propias flaquezas.

Pero lo que cuenta como un hecho importantísimo es el duro golpe que reciben los fieles.

Los adultos podrán tener, tal vez, algún elemento de juicio, algunos años vividos que les permitan echar una mirada distinta sobre la claudicación. Pero los jóvenes y niños están, creo, más indefensos. Se les podrá decir que el hombre es "humano", "falible", "débil", que esto no deja al consagrado en cuestión decididamente en la vereda de "los malos", que probablemente faltar a este compromiso con Dios lo deja mal parado frente a Él, pero que seguramente tendrá valores y aprendizajes de importancia.

Pero lo cierto es que es complejo aceptar que un compromiso para toda la vida tenga fecha de vencimiento, que un modelo de entrega decidida, una vocación de consagrado a la divina misión de evangelizar -sin dias, sin horarios, sin peros, allí donde sea necesario, incluso donde parezca que nada se puede hacer- caduque.


¿Dónde está la falla?

Un seminario no construye a la persona. La persona ya venía de un mundo propio, de una familia, de un colegio. Tal vez escuchó el llamado de Dios hace mucho y tardó en aceptarlo, tal vez fue tan claro y contundente que no hubo espacio para la duda o la indecisión.

Lo cierto es que ingresó para ser formado, orientado y fortalecido como hombre de Cristo, cabal, dedicado, esforzado. Durante años aprendió y fue madurando la decisión final de consagrarse a Dios. Supo de hombres y mujeres santos que entregaron sus dias mas preciados, su sangre hasta la última gota, sus cruces y sus propias flaquezas por agradar al Creador.

En todo ese tiempo pudo -o debió- ese hombre tomar conciencia de la decisión que tomaría, de las dificultades que podría enfrentar, de que no estaba en las posibilidades "probar" por un tiempo, ni "tratar de" sostener la fidelidad, sino ser fiel como Cristo en el juicio y en la cruz. Y punto.

Alguien me comparó por estos días la vocación religiosa con el matrimonio, diciendo que también sucede que hombre y mujer inician un camino juntos y puede haber imponderables que socaben esa unión al punto de destruirla con su consabidos estragos que nadie, en el fondo, desea. Hombre y mujer buscaron la felicidad y se equivocaron. Esto pasa.

Pero sucede que el hombre que inicia su camino de formación para el sacerdocio lleva en su corazón la llama de la fe y de la entrega, con mayor evidencia de que ese ministerio es sólo servicio y que la incomprensión de un mundo que busca de muchas maneras sacar a Dios del camino, serán parte indiscutible del panorama.

En cambio la mujer y el hombre que se descubren y se atraen iniciando una relación -que puede concluir en jurarse mutuamente amor para toda la vida-, no van tomándose exámen, ni cumpliendo escalamiento alguno, aunque en cierto modo se vayan descubriendo y madurando juntos. Buscan ser "pareja", una unión de dos a nivel, con sus características personales, pero dos, uno al lado del otro. Y en esta búsqueda puede haber egoísmos, puede esperarse más recibir del otro más de lo que se pretende dar, se puede tontamente esperar "cambiar" al otro. Con lo cual la comparación con el sacerdocio ya es cada vez más insostenible.

El mundo necesita consagrados a Dios, buenos ejemplos de entrega total y absoluta, hombres y mujeres que sean vistos en la calle y en la vida vestidos de curas y monjas, como evidencia clara de un compromiso que no se oculta. Hombres y mujeres que sin dejar de ver su entorno inmediato, invitan con su presencia a poner los ojos y el corazón en lo trascendente. Hombres y mujeres que renuncian a las banalidades y las búsquedas de reconocimiento personal de este mundo para ser pacientes, obedientes y esforzados representantes de Jesús.

Los fieles sabrán salir adelante luego de noticias como la del párroco de Olivos que abandona su ministerio sacerdotal, la de los otros sacerdotes de la diócesis de San Isidro que tomaron idéntico camino (en Virreyes parece que fue toda una seguidilla de abandonos hace pocos años, y parece que fueron 4 en el 2007), de los que suponen que tienen permiso para orientar con sus puntos de vista personales por encima de los conceptos propios de una homilía o de una confesión.

Es cierto que faltan sacerdotes. Pero tal vez debieran faltar más, esperando que el buen Dios nos mande mejores.


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