Bajar unos kilos, sea por vernos bien para un acontecimiento social, porque se acercan tiempos más cálidos, por la incomodidad de la ropa que ajusta o porque el médico nos señala que nuestra salud lo está requiriendo, nunca es sencillo.
Vivimos sobreestimulados a considerar que una de las formas de "vivir la vida" es comer y beber, y no me refiero al lógico sustento alimenticio que millones no logran tener en la Argentina.
Existe una generalizada asociación entre que "pasarla bien" es ingerir abundante comida, casi siempre excedida de grasas y calorías. Que juntarse con familia o amigos implica, si o si, comer (y beber), como si fuera la última vez. La mayoría asume que acontecimientos sociales como un cumpleaños, una reunión para ver un partido, por ejemplo, merecen o autorizan a comer porquerías o más de lo necesario.
Los hábitos alimentarios son, sin dudas, algo difícil de corregir. Hay alimentos que por sus contenidos de grasa y sal, se nos hacen sabrosos, convocantes y es complejo decirles que no o ponerles limites convenientes.
Fuera de aquellos encuentros especiales, muchos de los alimentos que consumimos a diario tienen más calorías de las que necesitamos para nuestra subsistencia. Y como si esto fuera poco además de calorías tienen componentes -o carecen de otros- que en nada colaboran con la salud.
Aunque la información sobre calorías e ingredientes puede no ser suficiente para romper con las malas costumbres alimenticias, es verdad que la ignorancia (junto a la eficaz habilidad de las empresas para que consumamos sus productos) es la que nos ha traido hasta acá.
Por solo poner algunos ejemplos: 1 sola factura tiene entre 180 y 240 calorías, una hamburguesa simple con queso unas 500, una porción de pizza casera tiene 270 calorías, un un choripán ronda las 450 calorías, un plato de pasta con carne tiene alrededor de 650 calorías, un vaso de 250 cc de gaseosa aporta más de 100 calorías, 4 galletitas dulces pueden tener 140, un sandwich de miga simple anda por las 150 calorias y un triple llega a las 300.
Valga decir que el tipo y calidad de alimentos es una de las patas de una buena calidad de vida.
La cantidad de calorías, las grasas y azúcares que cada uno ingiera para una buena salud dependerán también de el sedentarismo o actividad de cada uno. Quien puede evaluar la situación, los riesgos y conveniencias es un médico.
Es claro también que la información de calorías por sí misma no es la solución total para evitar una ingesta inadecuada, pero tal vez recordar algunos valores y tomarse en serio la decisión de empezar a alimentarnos mejor, irá haciendo lo suyo, antes de que el médico lo exija.
El exceso de peso y el consumo de ultraprocesados (productos industriales que siempre tienen excesos de grasas, azúcar y sodio) genera importantes inconvenientes que tarde o temprano harán daños evidentes en el cuerpo.
A poco de ir notando alguna comodidad al movernos, volver a ponerse ropa que no nos entraba, encontrarnos con gente que se va dando cuenta de que nos vemos mejor, con más movilidad, sanamente más delgados, irá ayudando a mantenernos en la senda del cuidado de nuestra salud.
-> Alberto Mora