Javier Gerardo Milei (55) en su aparición del 8 de Abril en un programa oficialista conducido por Antonio Aracre -ex CEO de Syngenta y exjefe de asesores de Alberto Fernández devenido en militante mileista- y Ramiro Castiñeira -integrante del Consejo de Asesores del presidente- volvió a cuestionar al periodismo acusándolo de mayoritariamente mentiroso, corrupto y perjudicial para la sociedad.
Una aseveración que, a las claras, no se ajusta a la verdad como tampoco lo hace el titulo que encabeza estas líneas.
Valga decir que si no fuera por la cantidad de insólitas declaraciones de Milei, del programa nadie se habría enterado.
Con un rating del 0,1 (muchisimo menos que el programa de venta de joyas de la madrugada) apenas el 0,02% de los habitantes del país se interesó en verlo o escucharlo.
Milei, que durante unos años se vio beneficiado por los bizarros programas periodísticos que lo invitaban por sus desbordes, insultos, payasadas, vulgaridades y aparentes convicciones, no pierde oportunidad de descalificar a quienes ejercen el periodismo, salvo que, abierta o solapadamente, jueguen a su favor.
En la supuesta entrevista televisiva -en realidad una puesta en escena en la que los conductores sólo le dieron los "pies" necesarios para que él monologue- Milei llegó a decir que el periodismo está contaminado y se dedica a envenenar a la gente.
A una parte de la política -y no desde ahora- le incomoda responder preguntas que no estén pactadas, dar explicaciones, aceptar equivocaciones y aportar datos fieles en ciertos requerimientos. Políticos que evitan al periodismo y buscan condicionarlo y acotarlo. Gobiernos que se declaran democráticos, cultores de la transparencia y la eficiencia, pero que gestionan con discrecionalidad, evitando debatir seriamente sus proyectos y conservando muchas veces los mismos vicios que dicen combatir. Hace mucho que tenemos funcionarios que tienen pánico de las conferencias de prensa reales.
Fuera de los encumbrados lobbistas que han ejercido o ejercen el periodismo (que no son tantos), si no fuera por los hombres y mujeres de la prensa muchos casos de corrupción no hubieran trascendido y la impunidad de los implicados sería total. Los periodistas ponen las cosas en evidencia forzando a que la política reaccione y muchas veces la justicia se mueva.
Milei supone que el periodismo se circunscribe a las 15 o 20 personas de rostros conocidos o a 3 o 4 medios y sus volátiles intereses, desconociendo a muchísimos más que abarcan la actualidad en sus más diversos y complejos aspectos. Celebra a quienes lo adulan y aborrece e insulta a quienes lo cuestionan.
Asegurar que "el 95% de los periodistas argentinos son delincuentes" es de una brutalidad total que busca desesperadamente poner a la sociedad en contra de los únicos que pueden mostrar las verdades que los gobiernos quieren ocultar.
Hace más de 40 años que los casos que incluyen sobornos, enriquecimiento ilícito, licitaciones amañadas, privatizaciones, falsas inauguraciones y tragedias varias, han sido descubiertos o mantenidos vigentes por el periodismo. Pasó antes, pasa hoy y pasará mañana.
Decir alegremente que “entre la mafia y el Estado prefiero a la mafia", que “la venta de órganos es un mercado más”, que tal vez en unos años se pueda debatir la venta de niños, que "la justicia social es una aberración", que arrojar residuos tóxicos a un río no está mal, que otorgar millonarios prestamos hipotecarios VIP no mata a nadie, no son expresiones de un ser humano que esté plenamente en sus cabales. Por eso mismo, se podría pensar que la ristra de tonteras en ese ignoto programejo no deberían tomarse en serio.
Pero sucede que es importante tener presentes las vulgaridades e insultos, las desquiciadas sentencias, además de las promesas incumplidas de Javier Milei que lo muestran como es, un hombre con pensamientos extraños y cambiantes principios tan peligroso como otros de signo político contrario, que cuánto más poder tenga más perjuicios puede acarrear a la Argentina.
Y si a todo eso se le agregan las gigantescas distancias entre sus dichos y sus acciones, el diagnóstico no puede mejorar. Dijo que no comerciaría con China, que no pediría créditos al FMI, que dolarizaría la economía, cerraría el Banco Central, que haría pagar los ajustes a "la casta" pero reinstaló Ganancias a los asalariados, que prometió eliminar la ley de aborto y aún siguen muriendo 500 niños al día, que sin dudar echaría a sus funcionarios por la sola sospecha de corrupción y no para de proteger al indefendible Manuel Adorni.
El periodismo, como expresión social que es, no es homogéneo ni sinónimo absoluto de transparencia e integridad, como posiblemente muchos podrán comprobar.
Vemos y escuchamos a diario a hombres y mujeres que dejan de lado la verdad completa para presentar alguna mezquina porción que, por diversos motivos, les conviene presentar. Confundir deliberadamente la realidad con un punto de vista individual es, sin dudas, una falta severa a los cimientos de la profesión.
No obstante eso, la temeraria descalificación que abarca a casi la totalidad de los periodistas argentinos pone en evidencia una visión clásica del totalitarismo, que nunca querrá que otro cuente, pregunte o muestre lo que hace.
Acostumbrados a ver gente que sólo critica a una gestión porque adhiere a sus contrarios, deberíamos crecer como sociedad asumiendo que es bueno escuchar con atención a todas las voces, en especial las que nos parecen antipáticas, porque pueden estar mostrándonos porciones de verdad que otros buscan ocultar.
Abandonando la peligrosa ingenuidad (fruto de cierto analfabetismo cívico) de creerle todo a algunos políticos o periodistas, y negarle todo crédito a otros, se puede alimentar un futuro más saludable donde el espíritu crítico nos haga ciudadanos más difíciles de engañar.
-> Alberto Mora