Fue Jesús quien asumió la tarea reservada a alguien socialmente inferior en la Última Cena. Se levantó y uno a uno el que era rey se abajó al nivel de un esclavo, lavando los pies de sus discípulos. Marcó una diferencia, enseñó.
En cada misa, el sacerdote es clara representación del Salvador. Lo que a él corresponde -porque así lo instauró Jesús o lo ha sostenido la tradición-, no lo debe -ni puede- hacer otro. Por eso es que, en un mundo que ataca al sacerdocio de mil formas, es imprescindible rogar por las vocaciones: sin sacerdotes no hay Santa Misa.
Hace una década que el lavatorio de pies, que desde siempre los curas hicieron a 12 hombres, en una escena en la que claramente todos pueden ver a Cristo de rodillas, lavando y besando los pies de sus elegidos, se viene desvirtuando en algunas comunidades.
Y no sólo se ubica a mujeres o niños en el lugar de los 12 apóstoles, sino que también se desplaza al sacerdote para ubicar a laicos (hombres o mujeres) como sucede, por ejemplo, en la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes, en Beccar. La idea de humildad y servicio es válida, pero para imitarla es preciso ver al Maestro (que sólo representa el sacerdote).

La caprichosa interpretación o deformación de la tradición, incluso promovida por altas jerarquías, bastardeándolas de su más alto significado, no le hace favor alguno a la castigada fe católica. Todo lo contrario.
Con palabras que atrasan y con un afán de incluir a quienes no están excluidos, es que se sostienen funciones inútiles en muchas parroquias.
El guía -por ejemplo-, una función irrelevante que dice lo que ya sabe al 98% de los que están en el templo en cada misa. Los innecesarios Ministros Extraordinarios de la Comunión en misas corrientes (sin gran concurrencia), a menos que el celebrante deba terminar rápido para ocuparse de otras tareas. El traslado de las ofrendas que impone buscar un par de feligreses que lo hagan (algo que fuera de las misas sabatinas o dominicales se deja de lado).
Ni hablar de templos con ritmos y letras de canciones alejadas de toda profundidad, los sacerdotes esforzándose por ser simpáticos, los aplausos, una puesta que lleva a confundir la celebración eucarística con un cumpleaños y una impronta divertida que empuja a considerar que cuando eso falta... la Misa es aburrida.
Este ánimo tan obsesivamente impuesto desde hace décadas, desvirtúa y provoca, al menos dos errores: Por un lado se asume que ser un feligrés que oye, reza, responde y canta, representa un rango menor de "participación", y por otro, se sugieren como necesarias algunas funciones que no cambian en nada el valor, la trascendencia y el milagro de cada celebración eucarística. Y en algunos casos cambian las cosas para mal.
-> María de los Ángeles Justo