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  .: FAMILIA

 
Están aprendiendo de nosotros
   

Es un dato indiscutible que nacen pocos niños en la Argentina despoblada y golpeada de muchas formas.

No obstante esta triste realidad que repercute en colegios que cierran,  fusionan cursos, reubican docentes y aulas difíciles de completar, sigue habiendo necesidad de que muchos comprendan que los jóvenes y adultos de los próximos años se están nutriendo HOY.

Todos somos distintos y contamos con una impronta que viene en los genes, y que se nutre -mucho- del medio ambiente en el que crecemos.

Es sabido que lo que vive un niño desde que es concebido influye en él. No es lo mismo un embarazo relajado, sin mayores tensiones, con descanso y sin episodios estresantes, que otro embarazo vivido con enojos, situaciones traumáticas y angustias.

A ese comienzo habrá que sumarle que se llega a un hogar donde se puede ser el primero de los hijos, el nieto esperado o el tercero o el cuarto de los nacidos, que se puede nacer en una familia con ausencias notorias (sin padre presente) o en medio de una familia llena de tíos y primos presentes y ruidosos.

La misma mamá, el mismo papá, pero en un escenario distinto condiciona, acomoda, referencia para crecer de otro modo.

Vendrán luego las otras influencias. El barrio, el entorno fuera de la casa, la escuela.

En todas estas circunstancias, los niños están observando, escuchando, aprendiendo.

Desde muy chiquitos van sumando aprendizajes de sus padres, hermanos, abuelos y tíos. Cada uno le mostrará cómo comportarse, cómo hablar, cómo reaccionar, cómo jugar, de qué reírse y muchísimo más. La involuntaria enseñanza será buena o mala, pero la dinámica es la misma.

A la impronta natural que traiga el niño se le suman enseñanzas que moldearán su temperamento. Lo harán un buen compañero, solidario, desinteresado, aplicado, interesado en aprender, respetuoso de las reglas de juego. O todo lo contrario, algo oportunista, un poco vago, transgresor o irreverente.

Cada vez que ese niño ve a su padre o a su abuelo transgredir una regla básica  de convivencia, una norma de tránsito, cada vez que ve un gesto miserable con alguna débil justificación, incorpora que las normas pueden acomodarse a la propia conveniencia.

Cada vez que un niño no fue escuchado con atención cuando quiso decir su punto de vista (aunque no tuviera mucho sentido por su natural inmadurez), aprendió a no respetar al otro, a no comprender, no dialogar, a no esperar.

Cuando le dijeron "no porque no", le robaron la ocasión de aprender a buscar razones, a explicar sus motivaciones, a entender las reglas de la sociedad.

Cada vez que comentarios de secretos desprecios hacia miembros de la familia llegaron a sus oídos, él tuvo que adquirir innecesarias hosquedades de adulto en su piel de niño.

Cada vez que le prometieron un castigo si cometía una falta y no se lo cumplieron, incorporó que es posible infligir una ley y zafar de las consecuencias.

Cuando se le antojó una golosina a destiempo y se la dieron, aprendió que a los deseos hay que satisfacerlos cuando se presentan (como lo que provocan las pantallas con sua juegos y redes) y que lo importante es el momento, sin entender que eso tiene
riesgos y consecuencias.

Cuando vieron a los adultos sostener con firmeza algo en privado y negarlo u ocultarlo en público, aprendieron de qué  se trata la hipocresía, eso que convierte a cualquiera en desconfiado y, en muchas ocasiones, en poco confiable.

Cada vez que vieron cómo se reían del obeso, del caído, o festejaban la trampa, la transgresión, la ventaja mal habida en un deporte, aprendieron a segregar o fueron invitados a ganar a cualquier precio.

Cuando le aconsejaron que se ocupe de sus cosas y que no se meta en lo que hacen los otros, que lo importante es "no hacerle mal a nadie", lo invitaron a pensar en sí mismo, a no actuar frente al error en sociedad, a no hacer deliberadamente el bien.

Cada vez que escuchó decir que "este país" no tiene arreglo, que la política es sucia por naturaleza, que alguien "la hizo bien" cuando ganó dinero o posición con poco esfuerzo o con malas artes, aprendió que no vale trabajar por la Patria, que el compromiso con lo público no sirve y que lo que importan son los bienes materiales.

Por el contrario, si un niño ve gestos solidarios sostenidos, si observa a los adultos discutir apasionadamente pero honestamente, con razones y respeto, si en su casa se eligen alimentos sanos y no hay excesos, si la música y la cultura argentina forma parte de lo cotidiano, si escucha que los adultos rechazan el acomodo, la coima y la trampa, si ve a sus mayores trabajar y estudiar para superarse sin acomodos, si experimenta abrazos e interés genuinos, mucho se estará haciendo por un joven y un adulto con buenos valores dispuesto al esfuerzo, al respeto y a la honestidad.

No es magia, ni es fácil. Pero si el vaso se llena de cosas buenas, no habrá lugar para lo malo. Es una lógica simple que ha dado resultado durante generaciones. Donde hay familia, reglas claras, castigos y premios oportunos, y buenos ejemplos, hay buenos frutos.

La Argentina necesita recuperar muchas cosas buenas perdidas que construyeron el país y hacerlas visibles. Y eso no lo hacen los políticos con sus volátiles principios, ni el Estado ni los medios de comunicación (más bien todo lo contrario).

Son las personas comunes, que aún conservan valores y buenas intenciones, las que gobiernan puertas adentro de sus casas, para que puertas afuera algo mejor suceda.

Todo empeño en fortalecer a las personas para que formen familias indestructibles, plenas de hijos, puede cambiar en futuro de la Argentina.

 
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