En los primeros años del siglo XX asomó con fuerza en San Isidro una actividad que se presentaba arrolladora y prometía caracterizar al Partido como productor de plantas de follaje y flores.
Entre los pioneros de esta actividad se encontraba el establecimiento "hortícola” de Luis Perrolet ubicado en Martínez, entre Pacheco (hoy Edison) y Paraná, a escasas cuadras de Santa Fe (de 218.000 m², es decir, 22 hectáreas), que producía no sólo rosas, sino también frutales, coníferas, plantas de adorno y otras que le permitieron ganar al propietario 16 medallas de oro y diplomas en las exposiciones nacionales.
El vivero, científicamente proyectado y con recursos inusuales para la época, incluía un motor y una bomba que extraía 40.000litros/hora de agua de la tercera napa, a 70 metros de profundidad, que con 600 metros de cañerías servía para el riego. Este vivero modelo, poco conocido en nuestra historia, abrió el camino de la floricultura en San Isidro, pero lamentablemente cerró su producción (probablemente por el fallecimiento de su propietario) y fue rematado judicialmente en 1921.
Sin embargo, la tendencia floricultora ya habla hecho pie y creció de modo explosivo. Según los registros provinciales, en los años '30 San Isidro tuvo el privilegio de ocupar el primer lugar en el número de jardines comerciales o viveros de flores del país.
En esos años se afincaron, principalmente en la zona de Santa Rita, en Boulogne, productores extranjeros como Sindlhauser, Dingel y John que traían de Europa las más modernas técnicas del cultivo de rosas de calidad. Más de cincuenta jardineros les siguieron los pasos, entregando a los camiones que venían cada madrugada, desde la Capital, la producción que llevaban a vender al Mercado de Flores.
Hacia 1939 San Isidro cubría el 27,7% de la explotación de la Provincia que, a su vez monopolizaba la producción de la Nación, con el 86,6% de las hectáreas ocupadas en el cultivo de flores en todo el territorio nacional. De esa superficie, el 14,2% correspondía a San Isidro.
Simplificando, el Partido disponía de viveros de explotación industrial de primer nivel, con invernáculos umbráculos (hoy diríamos de sombra, o media sombra) con calefacción y personal profesional que aplicaba técnicas genéticas para el cultivo de plantas exóticas en medios artificiales. Según las estadísticas, el 50% de los productores eran arrendatarios y otro tanto, propietarios.
Las orquídeas de Beccar
En 1927 se radicó en el Partido Leonardo Wolf, un alemán que había llegado al país unos años antes, instalándose primeramente en Misiones, donde se había dedicado a cultivar orquídeas. Maestro floricultor con estudios hechos en su patria, aquí también se inició con las rosas, gladiolos, margaritas, crisantemos y dalias. Por la madrugada, Leonardo Wolf viajaba cerca de una hora con sus flores hasta Retiro para vender su mercadería.
El vivero prosperó y a su hijo construyó una gran cantidad de invernaderos donde cultivaban plantas en macetas, ciclámenes, begonias, hortensias y rosas.
En 1947 la producción se volcó exclusivamente a las orquídeas, de cuya producción llegó a ser el referente obligado por la importancia que alcanzó su establecimiento de Beccar, donde poseía tres hectáreas de terreno en cuyos invernaderos florecieron a un tiempo más de 250.000 orquídeas con distintos grados de evolución.
La empresa de Leonardo Wolf era del orden familiar y, a su fallecimiento en 1976, continuaron con el vivero sus hijos y luego, sus nietos. Las plantas, de origen tropical e importadas de distintos países (fundamentalmente de Brasil, Colombia, Venezuela, pero también de los Viveros Sanders, de Inglaterra, Bélgica, etc.), también fueron cruzadas en los viveros de la calle José Ingenieros, originando flores de alta calidad distintas a las naturales o silvestres adquiridas en el exterior.
Los invernaderos se fueron trasladando progresivamente a Escobar, donde la familia continúa explotando la floricultura, otro rubro desaparecido de San Isidro.