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No son los niños por nacer, es la Patria
   
Aunque hace décadas que hay gente dedicada a luchar contra el aborto y sus consecuencias en la vida que se sesga y en los daños emocionales que provoca en la mujer, desde hace sólo 3 años todo se potenció: aparecieron mucho más desenfadadamente sus promotores y el tema –con muchos recortes, intereses y malas intenciones- se menciona en los medios de comunicación.

Pero sólo en los últimos meses se hizo cada vez más frecuente encontrar publicaciones que rebelan los poderosos intereses antinacionales que están detrás de la legalización del aborto, la eutanasia y la ideología de género, un combo que apunta a la conquista de los países socavando valores básicos como la defensa de la vida antes de nacer, la protección de los ancianos y enfermos y el respeto por la familia en su diseño natural y originario.

Afortunadamente no es extraño encontrar ahora menciones al poderoso George Soros (György Schwartz, 90 años), gran financista judío de cuanta perversión anda suelta; a Bill Gates (65) y su mujer Melinda (56), empecinados proaborto que insisten en convencer a todos de que el mundo debe evitar nacimientos (en especial en países pobres); a Amnesty International, la organización británica nacida en 1961 que se dice que nació para combatir abusos contra los derechos civiles, políticos, sociales y económicos, pero que financia y presiona por la legalización de la tortura, muerte y desaparición de niños antes de nacer; a Planned Parenthood, la multinacional abortista fundada por la enfermera Margaret Sanger, racista, antirreligión y promotora de la eugenesia; a Médicos Sin Fronteras, la organización supuestamente solidaria que no oculta la realización de abortos como parte de su ayuda en zonas de conflicto; a UNICEF y otras agencias de la Organización de las Naciones Unidas atravesadas transversalmente por el fanatismo ideológico proaborto.

Con esta apretada mención de poderosos multimillonarios y organizaciones que no escatiman esfuerzo alguno en imponer sus obsesiones, quedarse en el análisis de las burradas que dicen unas cómodas actrices porteñas, activistas de “derechos humanos” o funcionarios de volátiles principios, es no ver dónde está el problema o de dónde viene el ataque.

Las inverosímiles argumentaciones de los presidentes Mauricio Macri y Alberto Fernández, de médicos traidores a su juramento hipocrático, o de políticos que sólo saben de obediencia ciega a sus intereses personales, altos sueldos y prebendas, aunque sean graves, son sólo piezas de una maquinaria compleja que busca dominar, someter a la Argentina, destruyendo sus cimientos.

No es casual que la gran promesa de liderazgo internacional que revestía a nuestro país hace 100 años haya sido sistemáticamente boicoteada, con la estrecha complicidad de una clase política carente de virtudes y patriotismo, cada año más decadente.

Tampoco es coincidencia que sea del Reino Unido de donde llegaron las dos invasiones a Buenos Aires y la usurpación de nuestras Islas Malvinas en el siglo XIX, la crueldad del hundimiento del crucero ARA “Gral. Belgrano” en 1982, las estrategias desintegradoras para dominar la Patagonia –a través de Mapuche International Link- y las actuales presiones y financiamiento de IPPF y Amnesty International.

Es preciso comprender que no se trata sólo de defender la vida de los argentinos antes de nacer, de los enfermos, los ancianos y las personas con discapacidad. Se trata de defender a la Argentina de un ataque desalmado internacional que ya ha derrotado a otros países con similares recursos ideológicos y, sobre todo, con financiamiento de los mismos orígenes.

Porque, valga señalarlo, sin el financiamiento de agencias de la O.N.U., de IPPF, de Open Society (Soros), de Amnesty, junto a las presiones del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (F.M.I.), muchos políticos y militantes verdes no moverían un pelo por el aborto. Sin sueldos del Estado o facilidades de organismos internacionales, el abortismo local no juntaría multitudes, ni imprimiría tanto afiche, ni compraría voluntades. Es bueno recordar que, a pesar de todo ese financiamiento y respaldo, el proyecto de legalización fue derrotado en el Congreso en 2018.

Es claro que, la pérdida de valores (en realidad de virtudes), el “cuentapropismo”, la búsqueda exclusiva de éxitos materiales, el descarte de la familia como pieza fundamental de una nación, el pasarla bien a como dé lugar, va permitiendo que se meta sin ningún obstáculo el reclamo por más y más “derechos”, como el de matar a quien genera responsabilidades.

El F.M.I. y el Banco Mundial no ocultan su convicción de que la mujer debe ser un engranaje de la maquinaria productiva del país, debe trabajar, producir, pagar impuestos, “liberarse” de las ataduras de tener hijos y desechar ser la que gobierna el hogar, ya que eso la aleja de “su lugar” en el mundo. Son muchísimas las mujeres que compraron esta mirada sin darse cuenta de lo mucho que perdían.

Los mismos organismos de crédito que saben cómo apretar gobiernos para someterlos a sus arbitrios, son los que sentencian que la edad jubilatoria deben ir aumentando, que los haberes a la clase pasiva y la ayuda social son una carga para el Estado, que la pobreza se puede reducir si se limitan los nacimientos de los pobres…

La Argentina tiene el crecimiento demográfico de un país envejecido. Casi no alcanza la cantidad de nacimientos para mantener y mucho menos para crecer en población. Y sin población no hay ni producción, ni desarrollo, ni recursos genuinos. Un país peligrosamente despoblado, desarmado, empobrecido y sin proyecto está a merced de cualquiera.

Si los políticos y referentes sociales le siguen dando lugar a las imposiciones del poder internacional del dinero y sus ambiciones de someter a la Argentina, el horizonte sólo puede ser de cada vez más decadencia.

Es atractivo pensar en una opción política partidaria que pueda llevar cuanto antes a los lugares de decisión a hombres y mujeres íntegros, patriotas, formados, capaces de renunciar a prebendas y dispuestos a recuperar al país. Pero eso no sucederá por un pase mágico, sino por darse cuenta de que los espacios que los ciudadanos decentes dejan vacíos los ocupa el enemigo.


-> Alberto Mora

 

 

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