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El enemigo sabe hacer daño y esperar
   
Como muchas veces sucede, una situación publicada en un medio masivo de comunicación –aunque últimamente las redes sociales le ganen en la "primicia"- provoca el abordaje de un tema que, hasta ese momento, permanecía sabido pero oculto.

Un padre que no pudo acercase a su hija en sus últimos momentos de vida, o unas mujeres a las que no les permitieron reunirse con su padre enfermo antes de que muera, o las 7.944 personas (hasta el 27 de Agosto) que murieron sin que sus familiares pudieran acercarse antes o después del desenlace fatal a su cama en un hospital, que no pudieron velarlo ni acercarse al cementerio ni el día de su entierro ni después, son situaciones que no se le desean a nadie.

Son, sin dudas, actos de crueldad.

El Estado (en cualquiera de sus niveles, aunque en especial el nacional) se empecinó junto a los medios de comunicación más consumidos en establecer una campaña de miedo extremo que ha sido "exitosa". Mucha gente demuestra un grado sobredimensionado de recelo por lo que hace el prójimo al punto de haber denunciado a sus propios vecinos por acciones sin riesgo y hasta mira con particular desconfianza a quien se atreva a mostrar algo más que los ojos.

El causante del Covid-19 se neutraliza con acciones individuales correctas: higiene adecuada y frecuente, tapabocas y distanciamiento relativo. Con la primera de las medidas el virus es DESTRUIDO. Con alcohol, con agua y cualquier jabón, o con lavandina según corresponda, el virus muere. Y con las otras dos se reducen las posibilidades de contagiarse y contagiar.

No obstante esta verdad científica, fácil de comprender, el gobierno nacional, el de la provincia y el de la ciudad de Buenos Aires, determinaron discrecionalmente qué actividades podían o no realizarse para evitar el contagio del coronavirus SARS-Cov2 y casi todos, cual corderitos obedientes, se dejaron llevar sin chistar demasiado durante meses hasta que aparecieron el hartazgo, la falta de ingresos, la pérdida de fuentes de trabajo o el dato de que apenas el 0,82% de la población de la Argentina se enfermó oficialmente de Covid-19 y que de esa cifra sólo el 2,14% de ellos falleció (Datos al 27 de Agosto de 2020).

Los periodistas pudieron circular por donde quisieran (aunque no se dedicaran al Covid-19), los repartidores en moto van de acá para allá sin problemas, los "arbolitos" (vendedores de dólares en el centro porteño) siguieron su labor marginal, mientras que los peluqueros debieron esperar 5 meses para que les permitan trabajar y las escuelas de provincias casi sin contagios debieron dejar de enseñar como corresponde, ajustándose a los recursos –si los tenían- de las clases remotas.

Así fue que todos comprobamos cómo se prohibió salir a correr en la ciudad capital, pero no por un tema sanitario, sino por una cuestión política (como lo explicitó el oscilante ministro Ginés González García). Y, posiblemente, por la misma razón se prohibieron las misas, los bautismos, los casamientos y la unción de los enfermos, entre otros sacramentos.

Demostrando dónde están las prioridades, muchas consultas médicas -sobre todo las preventivas que facilitan un abordaje temprano y evitan serias complicaciones y muertes-, quedaron relegadas, pero no así los abortos que pudiera atreverse a pedir una mujer acercándose a un hospital. En ese caso el homicidio prenatal no debe demorarse y hasta el personal administrativo y de vigilancia debe saber que hay que actuar rápido para terminar con la vida de un argentino por nacer, aunque la Constitución y la decencia digan lo contrario.

Desde Marzo las ideas y vueltas, la especulación, la insoportable actitud de sabelotodo de los titulares de cada Ejecutivo, las evidentes estrategias políticas partidarias, los temores en tomar el toro por las astas en algunas cosas y los caprichos dictatoriales en otras, la destrucción de la economía en todos los niveles y la decisión de atacar a las instituciones y el marco jurídico del país, dejará a los argentinos en una situación de saturación, hartazgo y desastre de la que es difícil saber cómo se saldrá.

Mientras cada vez más gente piensa que este gobierno no completará su mandato (o con las mismas personas en los cargos actuales), todos los economistas aseguran que esta situación provocada por las medidas gubernamentales explotará y que la Argentina vivirá una catástrofe, que la pérdida de fuentes de trabajo no podrá ser revertida fácilmente, que los comercios y PyME que con mucho esfuerzo sostuvieron familias durante muchas décadas y que debieron cerrar no volverán a abrir.

Es fácil tener la sensación de que Alberto Fernández -primero presentado como "el gran componedor" que buscaría la paz y el acuerdo de los argentinos, luego como una víctima de las presiones de Cristina de Kirchner, la que lo puso donde está después de que fue el blanco de sus feroces críticas y, finalmente, como su mejor representante- gobierna desde hace años. Y sólo pasaron 8 meses…

La desesperación por avanzar sobre la justicia, que está muy lejos de ser inocente en todo lo que viven los argentinos desde hace muchas décadas, es una muestra más de dónde tiene las prioridades un gobierno que busca enemigos en cualquiera que no piense como él quiere. Algo que todos hacen, aunque las formas difieran.

La Argentina está en problemas muy serios y conviene decirlo claramente, no es sólo por Fernández, Kicillof, Massa y toda esa tropa u otra de signo distinto, capaces de cualquier cosa por su ambición de poder, sino porque se han diluido las virtudes, el coraje, el patriotismo.

Sería interesante que surjan propuestas políticas serias, íntegras, valiosas, respetuosas de la Constitución, pero ¿qué votantes tendría? ¿quiénes se darían cuenta de su valor si hay demasiados ciudadanos pendientes de su propio ombligo y nada más? El éxito que disfrutan los enemigos de la Argentina está en haber promovido por décadas sólo el interés en lo económico, en una educación vacía de valores y puesta al servicio de la utilidad para el trabajo, en una Iglesia que abandonó su lugar de promotora de la riqueza de la santidad para arrastrarse y sólo agitar las banderas de la opción por la pobreza material.

Desde el Estado se promueven orgánicamente las perversiones de la homosexualidad en todas sus variantes, el desprecio por la familia en su diseño natural, se viola la Constitución y todo el marco jurídico que se le subordina, y se gastan sumas inmorales en sueldos de funcionarios mientras se niegan recursos a los jubilados, por sólo mencionar algunas cosas.

Pero las reacciones ciudadanas coherentes, sostenidas, comprometidas, están ausentes. El enemigo logró con paciencia, componendas y dinero mal conseguido, que la sociedad se transforme en un conjunto que, a veces, sale a la calle y grita un poco. El resto del tiempo –gracias a los perversos y acomodaticios miembros de los medios de comunicación- calla, acepta y obedece.


Alberto Mora

 

 

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