San Isidro, Buenos Aires | |
       
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El seminario San Agustín recibió a tres hombres que quieren consagrar su vida a Dios
   
El obispo de San Isidro, monseñor Oscar Vicente Ojea, ofició una misa el domingo 16 de Marzo con la que se dio formal ingreso a tres nuevos seminaristas de la diócesis, que comenzarán su preparación al sacerdocio ministerial en el seminario diocesano San Agustín.

El obispo reflexionó en su homilía sobre el pasaje de la Transfiguración del Señor, y la actitud de los tres apóstoles que lo acompañaron al monte Tabor, donde manifestó su divinidad. Monseñor Ojea recordó que, luego de esta experiencia, Jesús se encaminó a Jerusalén para llevar adelante la obra redentora de los hombres. Supone, por tanto, dejar esa calma para salir luego al encuentro de los hombres.

Monseñor Ojea expresó que, si Dios los va confirmando en el discernimiento y la vocación, podrán salir con Jesús a encontrarse plenamente "con los hermanos que ya están esperando la compañía de ustedes".

El obispo indicó que el seminario "es un progresivo cambio de mirada que me lleva a ponerme en el lugar del Señor y a ponerme en el centro del corazón humano", y requiere tiempo, paciencia, compañía, oración y tarea pastoral.

"Hoy los ponemos en las manos del Señor y de la Virgen que está aquí, muy presente –expresó-. Esta gracia inmensa que da el ser pastor, el Señor la va preparando en este tiempo. La va preparando en este tiempo de oración, en este tiempo de preparación, en este tiempo de vida comunitaria, en este tiempo de ejercicio de una mirada"

El obispo comprometió a todos los presentes para que recen una oración por cada uno de los jóvenes que ingresaron formalmente al seminario.



Homilía de monseñor Oscar Vicente Ojea en la misa de ingreso al Seminario San Agustín:

Queridos Joaquín, Mariano, Juampi, querida familia de ellos, amigos, que han venido a acompañar, participar de la celebración en esta casa, muchísimas gracias por haber venido en nombre de ellos. Queridos hermanos sacerdotes, queridos rectores del seminario, Padre Raúl, querido vice rector Padre Juanacho.

Qué bueno que este día de bienvenida coincida con este segundo domingo de cuaresma y con la lectura que acabamos de escuchar. El Señor los invita a subir al monte a estos tres íntimos amigos que habían estado presentes en el momento de la curación de la suegra de Pedro. Capaz que habían demostrado cierta sensibilidad para el dolor del prójimo o para las realidades del corazón humano que el Señor había puesto en ellos y estuvieron más cerca de Jesús. Ellos son los que son invitados a orar en el huerto y después se quedan dormidos.

Y aquí el Señor los invita a subir a este monte que es una especie de antesala del Sinaí o el reflejo del Sinaí. La altura, la presencia de Moisés y de Elías.

El monte es el lugar de la revelación de Dios, el lugar de las teofanías, el lugar del encuentro con Dios. Sólo que el Señor los ha llamado como amigos a subir a este monte para poder conocer los secretos del corazón de Dios y conocer los secretos del corazón humano, con sus luces y con sus sombras. En un momento será luz pura como la transfiguración y Pedro estará sacado y querrá hacer tres carpas y pensará nada más que en los demás y no en él y de pronto ese momento se terminará y habrá que ir al Tabor al calvario y hacer ese camino largo, pero, sin duda que el Señor quiere revelarse a ustedes de un modo especial, en este momento de sus vidas que es importantísimo, como de intimidad del Señor, es como una suerte de Nazareth el seminario. De alguna manera van a estar como recostados en la sagrada familia, en la intimidad de la sagrada familia para preparar el corazón después, si Dios los va confirmando, poder salir con Jesús a encontrarse plenamente con los hermanos que los están esperando, con los hermanos que ya están esperando la compañía de ustedes. Lo saben los seminaristas que ya están haciendo el camino antes que ustedes, lo saben los que van a ser diáconos en pocos días, lo saben los que están haciendo su experiencia pastoral y que también nos están acompañando.

En este día de luz, al manifestar la luz que, por un lado la luz es la primera criatura pero también la luz es el signo a través del cual Dios se revela y hace que nuestros rostros como dice la Segunda Carta a los Corintios, puedan reflejar la gloria de Dios.

La oración dice "le pide al Señor cambiar nuestra mirada interior". Claro, estamos en el tiempo de conversión. Me gustaría aplicarlo a este momento. Que en el seminario ustedes puedan ir cambiando su mirada interior, hacia la creación, hacia la historia, hacia el prójimo, hacia la comunidad, hacia la diócesis, hacia la iglesia. Esto de purificar la mirada interior, este modo de mirar la vida, es el modo de mirar la existencia con la mirada de la fe profunda.

El seminario es un progresivo cambio de mirada que me lleva a ponerme en el lugar del Señor y a ponerme en el centro del corazón humano. Eso lleva tiempo, paciencia, compañía, oración, tarea pastoral, cosas que irán viniendo con el tiempo y con la gracia.

Hoy los ponemos en las manos del Señor y de la Virgen que está aquí, muy presente.

Comienzan las lecturas de hoy con el tema de la bendición, la bendición a Abraham, cuya culminación es la presencia de Jesús transfigurado anticipando su gloria que es la suprema bendición.

Es una manera de Dios de decirnos que nos quiere. Todos necesitamos ser queridos. Quizá esto sea lo más común de todos los seres humanos. Todos necesitamos que nos quieran.

El hombre no puede vivir sin amor dice Juan Pablo II. Puede vivir sin muchas cosas pero sin amor el hombre no puede vivir.

Pero no solamente necesitamos que nos quieran sino que también nos digan que nos quieran. Por eso decimos "te quiero" al ser querido muchas veces de distintas maneras. Quizá hemos tenido la gracia de decirlo muchas veces, porque los seres humanos necesitamos hacer actual aquello que es verdad. Sí, yo sé que es verdad que me querés pero necesito que me lo digas, "decime que me querés". Somos seres sensibles, necesitamos hacer presente una realidad que sabemos pero que la necesitamos hacer presente.

Esto es la bendición. La bendición de Dios, por eso pedimos la bendición. Una de las cosas más hermosas que hace el sacerdote es bendecir. El sacerdote está llamado a bendecir la existencia, a bendecir la vida, a poder expresar a cada persona que es única, que Dios la ama, que la ama como es, que tiene una misión singular en al vida, a poder crear el espacio y la atmósfera para que pueda salir lo mejor de ese corazón, lo mejor de esa persona.

Ese es el arte de ser pastor, poder crear el clima para que todos, sin exclusión puedan sentirse bendecidos por Dios y Jesucristo.

Esta gracia inmensa que da el ser pastor, el Señor la va preparando en este tiempo. La va preparando en este tiempo de oración, en este tiempo de preparación, en este tiempo de vida comunitaria, en este tiempo de ejercicio de una mirada, como dice la misma oración, dejarnos alimentar por la palabra de Dios y tener el oído grande para poder recibirla desde el oído del corazón.

Les pido a todos los que han venido a acompañar, una oración especial por cada uno de ellos que hoy entran de una manera más formal al seminario.

Les pido oraciones por cada uno de ellos que es como ir rezando por nuestros pastores, para que tengamos pastores llenos de luz, pastores que puedan haber vivido hondamente la transfiguración, para que podamos reflejar en nuestros rostros el rostro de Jesús y para que podamos crear en nuestras comunidades espacios de bendición profunda, auténtica, para que cada uno encuentre su lugar en esta gran familia que es la iglesia y nadie quede excluido.

Que el Señor así se los conceda a lo largo de este tiempo

Mons. Oscar Vicente Ojea, obispo de San Isidro

 
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