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Murió Esteban Cavanna, se fue un amigo
   
Tengo recuerdos de Esteban Cavanna del año 1990 –pudo ser 1989- mientras yo trabajaba en una emisora de radio en Martínez, FM Río.

Habíamos empezado con Daniel, un amigo que tenía el "Avenida Rivadavia Arte Bar", un programa de jazz. Esteban se acercó porque le gustó el programa, conversamos y fue fácil descubrir a un hombre afectuoso, entusiasta, optimista y generoso.

Poco después inicié el programa que continuaría durante una década y que tantas emociones y satisfacciones me trajo. Entre las emociones estaba las que provocaba este buen hombre, dueño de una librería en Beccar, "San Gabriel", sobre la calle Juan B. Justo, y que le gustaba escuchar radio y asociarse a buenas cosas.

Y ser generoso no es en este caso hacer obsequios –como los muchos que me hicieron los oyentes en tantos años-, sino ser capaz de regalar lo que cualquier ser humano usará muchos años, no perderá el color, no se gastará, no quedará chico y no se cansará uno de llevar a todos lados: el afecto.

Esa generosidad de Esteban la experimenté muchas veces: cada vez que antes de ir a abrir su comercio en Beccar, viviendo en San Isidro, se acercaba a Martínez a dejar una carta con algún relato y muchos conceptos elogiosos hacia a mi y mi tarea frente al micrófono.

Luego, durante los años en que el programa estuvo en San Isidro Labrador FM, Esteban continuó con esa misma dedicación: pasaba raudamente, le dejaba una carta a quien la recibiera y se iba a la librería. No esperaba ser nombrado al aire, aportaba generosamente un relato, una buena intención, un buen deseo.

Guardo todas esas cartas y cada vez que volví a leerlas me sorprendí emocionado por la dedicación que tenía por buscar hacerme sentir bien, ponderando las entrevistas, la música y mis comentarios, aportando una mirada que enriquezca. Pero siempre me pareció excesivo, no me creía merecedor de tantos elogios.

Pero si eso fue grato, más grato era cuando llamaba a mi casa (no recuerdo cuándo ni por qué le pasé el número) para mi cumpleaños, para el día del locutor o para las fiestas. Incluso alguna vez llamó, sólo para saber cómo estaba. Pero nunca fue cargoso, era concreto, se interesaba en uno y se sentía que era auténtico.

Cuando él estuvo en el Teatro de la Cova, con Marcela Bourdieu, mi productora y amiga, le presentamos un proyecto para que el Teatro fuera también un centro cultural, con actividades permanentes y un perfil definido. Lamentablemente nunca tuvimos respuesta por parte de la Fundación Antonio María Aguirre, aunque la fachada del lugar incorporó aquello de "Centro cultural". Se que en sus últimos años ahí, no todo fue color de rosa, laboralmente hablando.

Lamentablemente el trabajo, la vida, nos impidió tener ese contacto frecuente que permitía la radio. Nos encontrábamos en la calle, muchas veces él con su esposa y yo con la mía, conversábamos afectuosamente y luego cada uno seguía su paso. Fernando Inguanzo desde su kiosko en Centenario y Belgrano era, tal vez, quien funcionaba de nexo al contarle al otro lo que uno conversaba con él.

Por otra parte, Esteban fue un fiel y entusiasta seguidor de Marcela Inguanzo, la soprano sanisidrense que tantas veces volvió de Mallorca a cantar a San Isidro, y por eso siempre estuvo en los conciertos que le organizamos.

La última vez que hablamos con el bueno de Esteban fue al pie del mástil central de San Isidro. Me contó que estaba recibiendo un tratamiento de quimioterapia por un cáncer que había aparecido, pero se lo veía bien, como siempre optimista, activo, esperanzado. Así era, sin dudas.

Le conté de mis cosas –siempre ligadas a la comunicación, aunque ya no tanto con la radio- y al rato le mencioné el encuentro a mi esposa. La novedad de la enfermedad no era grata, pero ante esa vitalidad de Esteban imaginamos que estaría bien. Siempre había sido junto con su inseparable Irma, un hombre de comer sano y con un espíritu emprendedor.

Tengo clara su voz  y su manera de hablar en mis oídos, y dudo que me las olvide. Pero aunque eso ocurriera, no creo que pueda sacar de mi corazón la bondad de este hombre que no escatimó recursos para esparcir esperanza, vitalidad y fe, y a quien Dios habrá recibido con los brazos bien abiertos, como bien se lo ganó.

-> Alberto Mora

La foto que acompaña estas líneas es del 20 de Octubre del año 2006, cuando recibió en la Chacra Educativa San Isidro Labrador (Villa Adelina) un planta, un lazo de amor, como símbolo y reconocimiento a personas que trabajaban por la comunidad.

 

 

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