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Asesinados en el comienzo de sus vidas
   
Candela Rodríguez (11 años) de Hurlingham, secuestrada, maltratada y asesinada luego de unos días de haber desaparecido. Tomás Dameno Santillán (9 años) de Lincoln, secuestrado, maltratado y asesinado el mismo día en que desapareció de las cercanías de su escuela, camino de su casa. Gastón Bustamante (12 años) de Miramar, descubierto por ladrones que ingresaron a su casa y lo mataron a golpes.

Como si esto fuera poco, además de estos casos, la violencia doméstica -en muchos casos ejercida contra los niños- no detiene su crecimiento en el país.

Sólo durante el noveno mes del año se registraron 708 casos de violencia doméstica en el país (un 8% más que en el mismo período del año 2010 y casi un 40% más que en Septiembre de 2009 según el informe de la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema de Justicia de la Nación).

En el 27% de estos casos, las víctimas fueron menores de 18 años y, de ellos, el 13% fueron niñas. De acuerdo con el informe, en el 91% de los casos denunciados últimamente existió violencia de tipo psicológico; en el 67% se llegó a la violencia física; en el 31% hubo violencia económica, y en el 13% de los casos hubo violencia sexual.

Entonces, además de la psiquis enferma de un hombre que puede abusar y matar a un niño, vale la pena reflexionar sobre el rol de una madre que, en vez de proteger a sus hijos, lleva a vivir bajo el mismo techo a estos hombres que abusan de los chicos.

Una locura, algo incomprensible, difícil de entender cómo es posible violentar la sencilla humanidad de un niño, buscar hacerle daño, sujetarlo, ignorar su desesperación, su angustia, su dolor, tomarlo a golpes de puño o de una madera o cualquier cosa y provocarle la muerte. Y, como si fuera poco, buscar el modo de hacer desaparecer el cuerpo de la pobre víctima, para luego simular que nada ha sucedido. Pero nada será igual luego.

Exactamente lo mismo que ocurre con el aborto, una locura que, a diferencia de los asesinatos de niños fuera del vientre materno, parece que no es igual y sin embargo lo es.

Por extraños -cuando no perversos- motivos, saber o imaginar lo que vive un niño como Candela, Tomás o Gastón cuando es sujetado contra su voluntad, golpeado y asesinado, nos estremece a todos. Sin esfuerzo se nos hace patente su rostro desfigurado por la desesperación, lleno de lágrimas y nos sacude el corazón. La aparente diferencia está en que conocemos su voz, sus gestos, sus nombres, su emociones, algo que un niño en crecimiento dentro de la panza de su madre aún no nos ha mostrado.

Esa es la gran diferencia. Quienes saben que la vida no admite variantes y que siempre debe ser defendida, reconocen en el niño que aún no nació lo mismo que en los otros que ya lo hicieron. Ven su rostro, imaginan cómo su risa, sus juegos, su voz van a integrarse a este mundo, difícil, complejo, pero al cual todos tienen derecho de llegar.

Me dijeron hace poco que una forma de sanar las terribles heridas psicológicas que deja en una mujer el haber abortado es ponerle nombre al bebé que no dejaron nacer (sea por la circunstancia que sea), darle un lugar concreto en sus vidas, que su fugaz paso se proyecte en las emociones, no para hacer daño por lo sucedido sino para buscar una salida. Puede ser cierto y probablemente funcione.

Considerar el aborto como una "solución" es parte de una visión incompleta de la situación que se vive. De esa parcialidad se nutre la avaricia, el egoismo, la maldad de los que buscan que el asesinato intrauterino sea "un derecho".

Mostrar, ayudar a ver, acompañar con claridad y con afecto, sin condena, a la mujer en una situación de confusión es una misión no sólo de las entidades como La Merced Vida o Grávida, sino de todo aquel que rechaza el horror de la muerte de un inocente como Candela, como Tomás, como Gastón. Y de todos aquellos que aún no vieron la luz, pero crecen silenciosamente en el vientre de su madre.

-> Alberto Mora

 
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