San Isidro, Buenos Aires | |

 

 

 

 

 

 

     
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No hay disculpas
   
No sirven, son de otro tiempo. Tal vez de otra gente.

Las disculpas, esas que el ex futbolista Diego Armando Maradona (48) se niega a dar, esas que muchos transeuntes de la Zona Norte rehuyen, son una evidencia más de que estamos en un proceso de decadencia en el sentido de comunidad.

Maradona fue en muchas ocasiones grosero, soberbio, desbordado. Su personalidad adictiva (hacia el deporte, las drogas, el ejercicio, la comida, el alcohol, el tabaco, el poder) lo ha llevado siempre por mal camino. Su talento -inigualable- para el fútbol es lo que lo ubicó en el mundo. Sus desbordes lo definen como un desubicado de modo constante.

No es habitual escuchar disculpas de este hombre, salvo que la justicia o alguna ocasional presión de conveniencias lo empuje. No pidió disculpas por defender regímenes totalitarios como el cubano, el venezolano o el boliviano. No pidió disculpas por engañar sistemáticamente a su esposa o por los hijos que trajo al mundo en su descontrol.

Un triunfo agónico, más fruto de la casualidad que de un trabajo serio, provoca que nuestro país pueda participar del próximo campeonato mundial donde, tal vez, algunas cosas sean mejores que en estas fechas clasificatorias.

El equipo representativo de la Argentina dirigido por Maradona está plagado de estrellas del fútbol europeo. Allí son figuras, brillan, se lucen. Jugando para la selección nacional no se encuentran, fallan, no llegan. Algún golpe de suerte provoca una buena jugada y nada más.

La diferencia sustancial, ese es el punto, es que en sus equipos de Europa, los jugadores integran... un equipo. Las individualidades son necesarias, pero sin un trabajo organizado, planeado, el resultado es azaroso.

Lo que acontece con este equipo de fútbol es, como en otras ocasiones, comparable a lo que sucede con el país. Que hay talentos no hay duda, que contamos con la nobleza de miles que, a diario, se esfuerzan por estudiar, trabajar, crecer, tampoco hay dudas.

Pero la ausencia de buenos dirigentes, organizadores, capacitados, responsables, nobles, bienintencionados, con visión, sin segundas intenciones, sin ventajas mal habidas, provoca que un país que tiene todo para la grandeza, se deba conformar con apenas salir más o menos airoso del mezquino conflicto interno del semestre.

¿Alguien recuerda, acaso, aquello de las "candidaturas testimoniales"? ¿Escuchó alguien algún pedido de disculpas por parte del gobernador Scioli por haber sido candidato a un cargo que deliberadamente no pensaba asumir? ¿Y de todos los otros funcionarios que obedecieron a esa fantochada orquestada por Nestor Kirchner?

Hace muchos años vi una nota en televisión en la que un delincuente -con el rostro oculto entre las sombras de la noche- respondía a las preguntas del periodista. El malviviente decía (daba a entender) que él consideraba que lo que le quitaba a su víctima, en realidad, le pertenecía. Es decir, no le sacaba algo que era del pobre ciudadano agredido, sino que por algún extraño designio lo que ese hombre o mujer tenía en su poder era de él, del ladrón.

Recuerdo que esa entrevista me provocó una rara sensación. Pensé "¡Qué curioso razonamiento!", y siempre me vuelve a la mente.

Por estos días, nuevamente, me vi contando esta nota a ocasionales interlocutores y volví también a la conclusión: Si yo se (al menos eso sostengo) que lo que le saco a una víctima es mio,... no hay culpa posible. No es necesario arrepentirse. No es preciso disculparse.

Maradona, la mayoría de los políticos y funcionarios más encumbrados, muchos empresarios, piensan, razonan, como aquel delincuente: lo que tienen -que lo lograron con lo que la gente les dio- siempre fue de ellos, sólo que en algún momento se hizo "justicia" y está en su poder. No le deben nada a nadie, no hay culpa posible, no hay arrepentimiento.

Son parte resultante del individualismo imperante desde hace décadas, son personas que consideran que es posible crecer en la vida sin depender de otros, son individuos aislados aunque estén en compañía.

Un periodista local señaló por estas horas que nuestro país tiene "esta clase de ídolos", refiriéndose a Maradona, a Charly García, que se desbordan, que faltan el respeto, que no miden las consecuencias de sus actos, que son talentosos en su campo, pero que saliendo de ahí hay que tolerarles sus berrinches.

Ese aprendiz de observador, el supuesto periodista, ve la realidad a traves de las noticias publicadas del día y por eso su "visión" carece de sentido. La realidad es mucho más que eso.

La Argentina -tolerando la cuestionable calificación de "ídolo"- tiene otros ídolos que han llenado de sano orgullo y admiración a todos: Juan Manuel Fangio, Oscar Galvez, Delfo Cabrera, Jeannette Campbell, Roberto De Vicenzo, Guillermo Vilas, Ricardo Bochini, José Meolans, Georgina Bardach, Javier Zanetti, Agustín Pichot, Manu Ginobili, Luciana Aymar, por hacer una lista breve.

El fútbol, el deporte en general, es un camino válido para fortalecer cuerpo y espíritu, una herramienta de socialización, un digno modo de vida, una forma de ganarse un lugar en el mundo. Ni Maradona, ni otros como él, son ejemplo de nada. Ya ni siquiera de lo deportivo.

La política y la función publica, a su modo, también son caminos válidos para crecer y un modo de cambiar el mundo para mejor y para todos. Aunque muchos en esas áreas no sean ejemplo de nada.


A modo de conclusión:

No nos queda otro camino más que ponderar lo bueno, lo noble, el esfuerzo, la decencia, el respeto, aunque nos invadan con groserías y malos tratos. No hay modo más saludable -para uno y los demás- que optar por lo que construye, por lo que suma, aunque otros elijan cotidianamente entorpecer y restar. No hay estrategia más inteligente que establecer lazos en comunidad, mejorando lo presente, aunque nos inviten a diario a mirarnos el ombligo.


-> Alberto Mora

 
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