Hubo un tiempo en que no había una palabra para definir la convicción de que la vida humana, en cualquiera de sus instancias o circunstancias, debía ser protegida, defendida, amparada.
Era natural para muchos estar ahí donde, sin pensarlo mucho, cuidar de otros era lógico y fundamental, que no había que hacer daño y más: había que hacer el bien.
Seguramente, además de las enseñanzas de padres y abuelos -que se aprendían sin formalismos- había una sociedad que vivía de un modo parecido aunque, vale decirlo, con su cuota de hipocresía y prejuicios.
Y contrario a lo que pudo ser esperable, que era superar estas miserias y que permaneciera lo mejor, lo sano, fueron el egoísmo, el desinterés, junto a los prejuicios y la simulación, los que fueron ganando terreno.
Es decir que, poco a poco, el entramado social generoso, bien dispuesto, franco, fue quedando relegado y ya no fue lo normal, sino lo excepcional.
Ponerse de novio, luego casarse, después tener varios hijos, trabajar (en muchísimos casos con lo que ganaba papá alcanzaba con la buena administración de mamá), enviar a los chicos al colegio del barrio, reunirse con los abuelos, tíos, primos, habitualmente, celebrar decenas de aniversarios de casados, era común, lo que se esperaba. Lo que rompía esta dinámica era lo raro, lo que se lamentaba.
Paulatinamente, el diablo fue metiendo la cola: ponerse de novio dejó de ser la natural preparación para casarse, los concubinatos se impusieron a los matrimonios, tener hijos estando solteros ya no empuja al casamiento (tener vergüenza o pudor es cosa delpasado), el niño que en la escuela tiene a sus padres casados es un espécimen raro y... ya no sólo hombres con mujeres los que forman yunta.
A esto se sumó el menosprecio a la maternidad (acusada de “postergación”), la presión a la mujer para que trabaje incluso cuando no sea necesario su ingreso para el sostén familiar, el ritmo de vida que lleva a no tener tiempo para relacionarse con vecinos y mucho menos para participar activamente de entidades de bien público del lugar.
Todo esto fue sucediendo en grandes centros urbanos y se fue extendiendo, en cierto grado, fuera de ellos.
Así las cosas, apartados de la sana dinámica social de nuestros abuelos, dejando a Dios de lado –con la acción u omisión de la propia Iglesia-, aceptando dócilmente que lo que se dice en la televisión o la radio es auténtico, serio o verdad, se fue colando la naturalización del error, el desinterés, lo feo.
Periodistas, escritores, médicos, políticos y toda clase de opinadores, son capaces de representar muy bien el papel de analistas confiables, mientras transmiten a muchos sus limitadas o perversas miradas. Y lo vienen haciendo a diario y desde hace décadas. Mientras tanto, la ingenuidad de quienes no logran ver todo lo que está roto, desviado, ruinoso o perdido, los hace creer en frases hechas, posturas o promesas sin respaldo e infinidad de gestos para las cámaras.
Por esto -y tal vez por algunas cosas más- es que el mal avanzó y ocupó lugares de privilegio en la Argentina. Una sociedad que primero dejó de considerar sus raíces y le abrió las puertas de par en par a otras "culturas" y vanas creencias, que desechó el valor de los mayores y se convenció de que ser joven es lo único que vale, que la felicidad está en goce y los bienes materiales, que fue convencida de que todas las opiniones son respetables y que cada uno puede hacer lo que le plazca aunque sea aberrante, que no estudió para saber y entender más, que dejó de tener interés en el diálogo directo y sincero para creer que tiene vínculos al usar redes sociales, que piensa que todo lo tiene que arreglar el Estado.
Ser provida -término que se generalizó en la Argentina hace algo más de un lustro- es rechazar la barbarie del aborto, que mata a un ser humano, a una persona, a un niño indefenso, inocente, antes de nacer. Pero ser provida también es formarse y ayudar a las mujeres en situación vulnerable mucho antes de que vayan a pedir un aborto.
Ser provida es oponerse al suicidio y a la eutanasia, bestiales acciones disfrazadas de acto humanitario. Pero ser provida también es entender el dolor y saber que se puede evitar, comprender qué es digno realmente y aprender a aceptar lavulnerabilidad.
Ser provida es valorar y promover la familia en su diseño original formada por un hombre, una mujer y niños concebidos naturalmente o adoptados. Y también ser provida es evitar que medios, productores, escritores, actores, músicos y empresarios, lleguen a los niños con sus mensajes ideológicos perversos.
Ser provida es respetar la bandera celeste y blanca, sus verdaderos orígenes y el honor de quienes la defendieron. Pero también es ser provida cerrarle la puerta a banderas que buscan confundir o arrebatar.
Ser provida es trabajar para que cada persona sea protegida de abusos de todo tipo, que pueda estudiar sin adoctrinamiento alguno, que pueda trabajar para sostener a su familia, que viva seguro, en paz y con buenos valores.
Ser provida es entender que ante tanta destrucción social es preciso actuar en la recuperación de quien cayó en el delito, para su bien y el de otros. Y por supuesto, ser provida es intervenir activa y creativamente en la realidad para que nadie ingrese en la delincuencia.
La sociedad necesita que verdaderos provida no oculten jamás sus principios que, además de actuar, lo expongan con prudencia, pero sin vergüenza o temor, ante desconocidos u opositores. Que al ver o escuchar que se promueven conceptos o acciones contrarios a la dignidad, la decencia, la generosidad, la familia o la vida, no se queden callados.
Y será ventajoso también que ocupen lugares importantes a donde lleven su impronta provida: que gobiernen, que legislen, que eduquen, que tengan programas de radio y televisión, que formen niños y jóvenes, que trabajenen la parroquia, en el barrio, en los clubes, etc.
No alcanza con tener principios y convicciones religiosas: es fundamental que se noten, que todos lo sepan, que nos conozcan por ello y por la coherencia de nuestras acciones. ¿Quién podrá seguir los pasos provida si no los ve cotidianamente?
Nos gustaría a muchos que se derogue la inmoral e inconstitucional ley de aborto (entre otras), que no se apruebe una ley de eutanasia, que se frenen sus negocios asociados, y revertir la dramática baja de la natalidad. Para eso es preciso estudiar, escuchar a los que saben, juntarse y actuar.
Hay mucho para hacer cada día por una Argentina donde la vida, la familia y la decencia vuelvan a ser algo que se promueva naturalmente, sin pensarlo demasiado.