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Sólido mensaje del Papa: La dignidad no se mide ni se discute
   
Durante su visita a Lourdes (Francia), el Papa León XIV defendió con firmeza la dignidad inalienable de los enfermos, rechazando la eutanasia como una falsa compasión y recordando que "lo que es legal no es necesariamente moral". El pontífice instó a los obispos a anunciar a Cristo sin descanso y proteger el ideario católico de las escuelas, además de señalar a las familias cristianas como clave para resolver muchas de las crisis de la Iglesia y de la sociedad.

"Ustedes no son un peso, son el corazón palpitante de nuestra humanidad y un tesoro precioso para la Iglesia". El Papa León XIV dirigió estas palabras a los enfermos reunidos este domingo 27 de Septiembre en el santuario de Lourdes, en la tercera jornada de su viaje apostólico a Francia. Ante ellos, y ante los agentes sanitarios que los acompañan, pidió rechazar firmemente "la tentación de quitar la vida con el pretexto de una falsa compasión" y recordó que "lo que es legal no es necesariamente moral".

La jornada, dedicada por entero a Lourdes, comenzó a las 9 de la mañana con un discurso a los obispos de la Conferencia Episcopal de Francia, siguió con la misa en la Prairie del santuario ante unos 150.000 peregrinos y el rezo del Angelus, y concluyó con el rezo del Rosario y la procesión aux flambeaux en la noche. Por la tarde, además del encuentro con los enfermos del Accueil Notre-Dame, el Papa mantuvo un encuentro privado con las religiosas de vida contemplativa en el Monasterio del Carmelo de Lourdes y otro con víctimas de abusos.

Para el Papa, "la persona humana es, en efecto, digna por el mero hecho de existir y de tener como fin la eternidad", y por eso su dignidad "no se mide ni se discute". Ese horizonte eterno atravesó todas sus intervenciones del día. En la homilía presentó la vida como un don "llamado a florecer para la eternidad en el amor del Padre" y advirtió de una sociedad tentada "a olvidar el horizonte de la eternidad", y en la procesión de las antorchas explicó que la serenidad de los enfermos nace de mirar "hacia un futuro más lejano, más allá de nuestro horizonte terrenal". Una dignidad, por tanto, que el sufrimiento no disminuye.

A los obispos les pidió no resignarse ante una laicidad cuyo equilibrio se ve "poco a poco cuestionado" y defender el derecho de la Iglesia a evangelizar, a educar y a celebrar públicamente el culto. Sostuvo que la escuela católica, abierta a quienes no comparten la fe, no puede "en modo alguno" renunciar a su proyecto educativo centrado en Cristo, y que ningún alumno debería verse marginado por creer en Jesús. Lamentó asimismo el descenso de vocaciones, en especial a la vida contemplativa, y dijo haber recibido "con dolor" la noticia del cierre de "antiguas y prestigiosas comunidades monásticas", antes de señalar a las familias cristianas como clave para resolver muchas de las crisis de la Iglesia y de la sociedad.

La conversión fue el otro eje de la jornada. En la homilía, el Papa la presentó como el centro del mensaje que la Virgen confió en Lourdes y subrayó su urgencia, porque "es hoy, no mañana, cuando hay que convertirse".

Convertirse, explicó, "significa abandonar los senderos del extravío para seguir el Camino de la Vida", y recordó que Jesús "no se anda con rodeos" cuando llama a la penitencia.

León XIV nombró el pecado y la penitencia en varias ocasiones. Lo señaló como "el único obstáculo" para el amor de Dios, "ese rechazo a Dios que nos encierra en nuestras propias tinieblas", preguntó a los fieles si no se consideran "sin pecado con demasiada facilidad" y presentó la penitencia como reparación de "la herida de su Corazón causada por nuestros pecados". En juego está la libertad de cada uno, que debe emplearse para decir "SÍ" a Cristo "hasta nuestro último aliento". Esa exigencia no es solo individual. El mal que sufre el mundo nace del corazón humano, y son esos corazones los que hay que cambiar, "empezando por el nuestro", también en la propia Iglesia, que debe tener "el valor de vivir esa conversión".


"Su dignidad no se mide ni se discute"

En el encuentro con enfermos y acompañantes, León XIV presentó Lourdes como el lugar donde, desde hace más de ciento cincuenta años, peregrinos de todo el mundo encomiendan a Jesús, por medio de María, sus sufrimientos físicos, psicológicos o espirituales. "Aquí la fragilidad no se esconde, sino que se convierte en el lugar de un encuentro sagrado", afirmó.

Partiendo del tema pastoral del santuario para este año, el saludo del ángel a María en la Anunciación (Lc 1,28), el Papa fundamentó la dignidad de toda persona en la mirada de Dios, que no deja a nadie invisible. Frente a "una época en la que algunas sociedades tienden a apartar la mirada o a cerrar los ojos frente a la dignidad de la vida humana", citó la encíclica Evangelium vitae de San Juan Pablo II y su llamada a cultivar "una mirada contemplativa" que acoge la vida como un don. "La persona humana es, en efecto, digna por el mero hecho de existir y de tener como fin la eternidad. Su dignidad no se mide ni se discute", añadió.

Se dirigió después a quienes sufren patologías y dolores "a veces terribles", para quienes el horizonte puede parecer "oscuro, incierto, sin salida". "Pero ninguna ley humana debe hacernos perder la certeza de su dignidad. Por el contrario, precisamente en nombre de esta dignidad inalienable de la persona humana debe rechazarse firmemente la tentación de quitar la vida con el pretexto de una falsa compasión. Es imposible considerar normal el hecho de poner fin a la vida. Lo que es legal no es necesariamente moral".

A los agentes sanitarios les recordó que su vocación consiste en "hacerse cargo de una persona que sufre, y no eliminarla", y retomó palabras de su propio discurso a la Fundación Jérôme Lejeune, del pasado 22 de Junio: "¡La medicina nunca podrá convertirse en sierva de la muerte programada!". Les pidió seguir desarrollando estructuras de cuidados paliativos y de investigación, y acompañar a los enfermos con ternura, como hacen en Lourdes médicos, enfermeros, camilleros, capellanes y equipos de pastoral de la salud. "Cuidando de los cuerpos, ustedes cuidan también de las almas", les dijo, antes de dirigir a los enfermos la frase que ha marcado la jornada.


"Es hoy, no mañana, cuando hay que convertirse"

Por la mañana, en la misa celebrada en la Prairie, en la que una de las lecturas se proclamó en español, el Papa había anticipado el mismo mensaje. "Al verlos esta mañana reunidos en la casa de nuestra Madre, contemplo el rostro universal de la Iglesia", dijo al comenzar la homilía.

A partir del Evangelio del día (Mt 21,28-32), presentó la conversión como el centro del mensaje que la Virgen confió a Santa Bernardita, una llamada "a la vez tierna y apremiante". "Es hoy, no mañana, cuando hay que convertirse; ahora es el tiempo favorable, el día de la salvación", afirmó, y recordó la promesa de la Virgen a la vidente en aquel mismo lugar: "No te prometo que serás feliz en este mundo, sino en el otro".

Esa promesa, dijo, "sacude nuestras mentalidades contemporáneas" en una sociedad que busca el progreso y el bienestar material, pero que "a veces se ve tentada a olvidar el horizonte de la eternidad". Y la vinculó expresamente con el valor de la vida. "Frente a las corrientes actuales que pretenden redefinir el valor de la vida humana ante la enfermedad, el sufrimiento o la vejez, la Gruta de Massabielle se erige como un santuario de la esperanza cristiana. Aquí no se rechaza ninguna fragilidad. Sus muletas, sus sillas de ruedas, sus lágrimas ocultas no son obstáculos: son el lugar, por excelencia, donde ustedes son respetados plenamente, acogidos y transformados por el amor infinito de Dios".

El único obstáculo para la gracia y la vida eterna, subrayó, "es el pecado, el retraerse en sí mismo, ese rechazo a Dios que nos encierra en nuestras propias tinieblas". Por eso está en juego la responsabilidad personal, porque "Dios nos ha querido libres, pues la libertad es una condición del amor; no se puede amar por obligación".


Penitencia por un mundo que va mal

León XIV recordó el triple "¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia!" pronunciado por la Virgen en la gruta y se preguntó por qué la insistencia. "¿Acaso somos lentos para comprender? ¿Nos consideramos sin pecado con demasiada facilidad?". La penitencia, explicó, se pide también "por los pecadores", por un mundo en el que los conflictos "destruyen tantas vidas inocentes". Pero el mal de nuestra época, añadió citando a Ezequiel (Ez 18,25), no procede de Dios sino del corazón humano, de modo que "son los corazones de los hombres los que hay que cambiar, empezando por el nuestro".

La exigencia, dijo, alcanza a la propia Iglesia. "Para sanar las profundas heridas, las infidelidades y los dolorosos extravíos cometidos en su seno, debemos someternos humildemente a la mirada purificadora del Señor", afirmó, y citó a San Agustín: "Que te desagrade siempre lo que eres si quieres llegar a lo que aún no eres".

A los enfermos les propuso vivir su dolor en espíritu de ofrenda, asociados a la Pasión de Cristo. "En este sentido, están verdaderamente en el corazón de la Iglesia y su papel es insustituible". La homilía terminó con un envío a los peregrinos: "No se irán de Lourdes tal y como llegaron: se marcharán como misioneros de la esperanza". Tras la misa, el Papa rezó el Angelus y convocó a los fieles y comunidades cristianas a rezar el Rosario durante el mes de Octubre para que "cesen las guerras y se restablezca la paz entre los pueblos en conflicto", unido a obras de penitencia y misericordia.


A los obispos: una palabra que "es necesaria"

La primera cita del día fue el encuentro con el episcopado francés en el Hemiciclo de Santa Bernadette, donde la Conferencia celebra habitualmente sus asambleas plenarias. El Papa evocó la historia mariana del país, llamado muy pronto "Reino de María", según la expresión de Pío XI, y consagrado solemnemente a la Virgen el 10 de febrero de 1638. Recordó que Dios ha concedido a los católicos de Francia, "Hija primogénita de la Iglesia", "una sucesión ininterrumpida de santidad que llega hasta nuestros días".

"Ante los inmensos retos de nuestra época, los exhorto, queridos hermanos, a dar muestras de valentía, audacia y creatividad misionera", dijo. Les pidió no desanimarse por "los errores, las incoherencias o incluso por las caídas" de la historia, y tener "el valor de reconocer los errores en amor a la verdad". "¡Levántense, pues, con esperanza, y no se cansen de anunciar el Evangelio!".

León XIV reivindicó el lugar de la Iglesia en la vida pública francesa. "La palabra de la Iglesia tiene su lugar en el debate público en Francia; posee, por naturaleza, una autoridad profética. Aunque no siempre sea escuchada, es esperada. Aunque no sea seguida, sobre todo en las cuestiones esenciales que afectan los fundamentos de la civilización, es necesaria; ¡no lo duden!". Reconoció la determinación y el valor mostrados por los obispos "en los recientes debates sobre el final de la vida" y los invitó a perseverar junto con todas las personas de buena voluntad que defienden los mismos valores.

Sobre el régimen de laicidad francés, fruto de "una historia agitada, hoy apaciguada", advirtió que el hecho de que su equilibrio se vea "poco a poco cuestionado" no debe llevar a la resignación. "Los invito a mantenerse vigilantes para defender la libertad y los derechos de la Iglesia a evangelizar, a educar en la verdadera libertad y a practicar públicamente el culto, para que, de manera visible, se pueda ejercer la caridad en nombre de Jesucristo". Citó también el mensaje del Papa Francisco con motivo de la reapertura de la catedral de Notre-Dame de París, en el que invitaba a los bautizados a reivindicar su patrimonio de fe, y advirtió de las "promesas engañosas de un mundo en el que Dios estaría ausente, relegado a la vida privada".


Escuela católica, catecumenado y abusos

Entre los retos que planteó, el Papa se detuvo en la enseñanza católica, cuyo "carácter propio" se ve cuestionado. Calificó de "motivo de alegría" que sus centros estén abiertos a quienes no comparten la fe, pero añadió que "la enseñanza católica no puede, en modo alguno, renunciar a su proyecto educativo, un proyecto centrado en Cristo". "Por lo tanto, a nadie debe sorprenderle que en cualquier centro católico se ofrezcan oportunidades para encontrarse con Jesucristo y escuchar su Palabra. Y mucho menos, ningún alumno debería verse marginado en su clase, por el hecho de creer en Jesús".

Sobre el crecimiento del catecumenado, que afecta sobre todo a jóvenes adultos, pidió acompañar a los nuevos bautizados con comunidades vivas y con "una sólida enseñanza doctrinal arraigada en la Palabra de Dios que les permita hacer frente a las objeciones y las dudas".

En cuanto a "la dolorosa lacra de los abusos a menores cometidos por miembros del clero o en el contexto eclesial", agradeció las medidas "valientes" adoptadas por el episcopado, reconoció que "algunos momentos han sido muy difíciles" para la Conferencia y pidió continuar "manteniendo la máxima vigilancia". Al mismo tiempo recordó que el clero "necesita apoyo y ánimo" y que, para que surjan vocaciones, la identidad del sacerdote, "configurada en Cristo", debe ser "clara y bien comprendida" en el Pueblo de Dios.

Por la tarde, según la información difundida sobre la jornada, el Papa se reunió en privado con siete víctimas de abusos cometidos por miembros del clero y de la Iglesia en Francia, cuatro hombres y tres mujeres. Escuchó sus historias y sus propuestas para prevenir nuevos casos y rezó con algunos de ellos.


Monasterios que cierran, familias y unidad

León XIV lamentó el descenso de vocaciones a la vida consagrada, en particular a la contemplativa, y dijo haber recibido "con dolor la noticia del cierre, reciente o inminente, de antiguas y prestigiosas comunidades monásticas". Señaló a las familias cristianas como el lugar donde con mayor frecuencia se dan las condiciones para esas vocaciones y afirmó que la consolidación de la fe en su seno "es una clave que permitirá resolver muchas de las crisis que atraviesan la Iglesia y nuestras sociedades".

El último reto que planteó fue el de la unidad. "La Iglesia en Francia es un pequeño rebaño que debe unir sus fuerzas para la misión. Las divisiones ideológicas harían vano su testimonio". Precisó que esa unidad no es uniformidad, sino que permite que "toda sensibilidad auténticamente católica converja de forma natural en una profesión de fe común, mediante la obediencia a los pastores legítimos y, en particular, al Sucesor de Pedro". Se trata, dijo, de una unidad que "se nutre de la Tradición de la Iglesia, desde los Padres hasta el Concilio Vaticano II, y del Magisterio posconciliar", y que se enriquece en el diálogo "según un estilo sinodal". Concluyó encomendando la asamblea, las diócesis y el país a Nuestra Señora de Lourdes.


La luz que no se apaga

La jornada terminó con el Rosario y la procesión de las antorchas, en respuesta a la petición que la Virgen dirigió a los sacerdotes a través de Santa Bernardita: "Que se venga aquí en procesión". El Papa presentó la luz de las antorchas como la de una esperanza que no abandona al hombre ni siquiera en la prueba, y a los enfermos como sus "testigos privilegiados". Citó a Pío XII: "Nunca, en ningún lugar de la tierra, se ha visto semejante cortejo de sufrimientos, nunca semejante resplandor de paz, serenidad y alegría".

Ese milagro es posible, explicó, porque Dios concede dirigir la mirada "hacia un futuro más lejano, más allá de nuestro horizonte terrenal", y recordó a los enfermos las palabras de San Pablo: "Considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará" (Rm 8,18).

Evocó después la frase con la que la Virgen se presentó en la gruta, "¡Yo soy la Inmaculada Concepción!", un privilegio que, dijo, representa "la aurora de la salvación", y citó a Benedicto XVI en la misma procesión de 2008. Recurrió también a la imagen de María como Stella Maris, tomada de San Bernardo: "Si la sigues, no puedes desviarte; si la invocas, no puedes desesperar; si piensas en ella, no puedes equivocarte". Invitó a los peregrinos a confiarle sus intenciones personales y las del mundo, y cerró con una oración: "Oh, Virgen Inmaculada, haz que la luz que llevamos esta noche en nuestras manos no se apague jamás en nuestras vidas, sino que ilumine el futuro, abriéndonos, desde ahora, a las promesas de la vida eterna".


[Fuente: Infocatólica]

 
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