"¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio?".
Con esta pregunta ante diputados y senadores españoles reunidos en el Congreso de los Diputados, el Papa León XIV (70) colocó la defensa de la vida humana en el centro de un discurso de honda carga doctrinal pronunciado el lunes 8 de Junio en Madrid, en el primer acto del tercer día de su visita apostólica a España.
El Papa ha calificado esa defensa como "meta de civilización", no como "cuestión parcial" ni "interés confesional", y ha construido toda su intervención en torno a una pregunta que considera decisiva para todo legislador: "qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes".
Replicando el discurso de su antecesor Benedicto XVI en Berlin en 2011, León XIV ubicó la dignidad de la persona como dato anterior al Estado, la ley natural como medida del derecho positivo, la insuficiencia del positivismo jurídico como diagnóstico de fondo.
Esa dignidad, ha dicho el Papa, "precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento", y la tarea del legislador consiste en "que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar".
Son principios prepolíticos que el discurso coloca como fundamento del orden jurídico, y desde los cuales León XIV ha abordado la defensa de la vida, la familia, la educación, la libertad religiosa, el sigilo sacramental, la inmigración y el rearme europeo.
Vida desde la concepción hasta la muerte, defensa de la familia, defensa del derecho de los padres a la educación, la libertad religiosa y el bien común, son principios no negociables.
Buena parte de la intervención estuvo dedicada a reivindicar la herencia intelectual española.
Desde Cervantes y Santa Teresa de Ávila hasta la Escuela de Salamanca y fray Francisco de Vitoria, el Papa ha trazado una genealogía en la que fe, razón, arte y derecho han sabido "encontrarse fecundamente". Ha invocado la presencia simbólica de los Reyes Isabel y Fernando en el Salón de Sesiones, como recordatorio de "aquel momento en que España quedó situada ante responsabilidades históricas de alcance universal", y ha señalado la contribución de la Escuela de Salamanca como raíz católica del derecho de gentes y del reconocimiento de la dignidad humana. .
"La dignidad precede a toda concesión del Estado"
Adaptándose a los interlocutores León XIV ha afirmado una dignidad inherente al ser de la persona, no conferida por consensos ni dependiente de la utilidad social. La fe cristiana la proclama desde la Revelación, ha dicho, pero "la razón humana puede reconocerla como exigencia inscrita en la verdad del hombre". Cuando esa convicción permanece viva, añadió, "el derecho se convierte en amparo de todos y en garantía frente a la imposición de intereses y agendas particulares".
Sobre ese fundamento, el Papa ha trazado un puente entre los mundos nuevos de hace cinco siglos y los de hoy. Los actuales, ha dicho, "ya no se dibujan en los mapas: se despliegan en la técnica, en la economía, en la biomedicina y en el universo digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social".
La tecnología, ha advertido citando su encíclica Magnifica humanitas, "no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza", y el discernimiento que el tiempo presente reclama tiene un eje: "qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones".
De Cervantes a Salamanca, una herencia reinvindicada
En el desarrollo de esa genealogía intelectual, León XIV ha dedicado un espacio particular a Unamuno, que "recordaba que el hombre no se resigna a morir del todo" (Del sentimiento trágico de la vida), para subrayar que España "ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir".
Pero el peso del argumento recayó sobre la Escuela de Salamanca. León XIV ha recordado que, hace quinientos años, "cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos, algunos maestros comprendieron que la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente". La intuición del totus orbis, de una comunidad humana más amplia que cualquier poder particular, permitía afirmar "la existencia de vínculos jurídicos y morales entre los pueblos". La contribución de dominicos y jesuitas salmantinos, ha dicho el Papa, "llegó a formar parte de una conciencia más amplia, compartida por la comunidad internacional que sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza".
El Papa ha introducido también un reconocimiento de que "la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que encontraban eco en su propia tradición cristiana". Y ha vinculado ese legado con la actividad de las propias Cortes, "cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos".
La defensa de la vida como meta de civilización
El bloque central del discurso ha sido la defensa de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural.
León XIV la ha formulado con firmeza y sin concesiones proporcionalistas: "Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia". La convivencia, ha advertido, "puede verse amenazada por la cultura del descarte, como tantas veces advirtió el Papa Francisco".
La pregunta retórica que el Papa ha dirigido al hemiciclo es el pasaje más directo de toda la intervención: "Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?".
Al calificar la defensa de la vida como "meta de civilización" y negar expresamente que sea "una cuestión parcial" o "un interés confesional", León XIV eleva la cuestión del plano eclesial al político o cultural. No es la Iglesia la que reclama un privilegio doctrinal: es la civilización la que se juega su condición de tal. "Cuando esta certeza se oscurece", ha concluido, "los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona". La "grandeza moral de una nación", ha añadido, "se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad".
Sobre este fundamento, el Papa ha definido el bien común como "la forma social de la dignidad humana" (cf. Magnifica humanitas, 59), retomando la formulación de la constitución pastoral Gaudium et spes: "el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección" (GS 26).
Familia, educación y derecho primario de los padres
León XIV ha definido la familia como "realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad" y como "primera escuela de humanidad en la que se aprende, antes que en cualquier otro lugar, la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer". "Allí donde la familia es sostenida", ha añadido, "se fortalece también la estabilidad espiritual y social de las naciones".
En materia educativa, el Papa ha reivindicado el "derecho primario e inalienable" de los padres a "elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas", apoyándose en dos fuentes: su encíclica Magnifica humanitas (n. 143) y el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (art. 18.4).
La doble apelación, magisterial y de derecho internacional positivo, sigue el mismo patrón que el discurso emplea más adelante con el sigilo sacramental: una posición enraizada en la doctrina católica es presentada simultáneamente como derecho humano reconocido por la comunidad internacional.
León XIV ha descrito a las instituciones educativas como espacios donde "las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse sobre el sentido de la vida y la dignidad de cada persona", y ha subrayado la confianza que muchos padres depositan en ellas "como valiosas aliadas en su educación".
"Los pueblos aprendieron que el derecho debe servir al bien, que la justicia pone límites a la fuerza, que el poder necesita legitimidad, que los pobres pertenecen plenamente a la comunidad, que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía".
Al concluir el Santo Padre su discurso el Congreso entero se puso de pie y lo aplaudió durante más de siete minutos.
[Fuente: InfoCatólica]