El 25 de Agosto, el Papa León XIV recibió en la Sala Clementina del Palacio Apostólico a unos 360 monaguillos franceses que peregrinaban a Roma con motivo del Jubileo, acompañados por sacerdotes y obispos.
En un ambiente de alegría y recogimiento, el Pontífice quiso unir la profundidad del misterio eucarístico con una invitación clara a cultivar en estos jóvenes el germen de una posible vocación sacerdotal.
Desde el inicio de su alocución, León XIV alentó a los monaguillos a aprovechar la experiencia jubilar como una ocasión privilegiada para hablar con Jesús en lo profundo de sus corazones, aprendiendo a reconocerlo como “su mejor y más fiel amigo”.
Recordó que servir en la Misa no es un gesto rutinario ni un simple apoyo práctico, sino un servicio litúrgico de gran dignidad que los acerca de manera única al misterio de Cristo presente en la Eucaristía.
El Papa subrayó con fuerza que la Eucaristía constituye “el acontecimiento más importante de la vida del cristiano y de la Iglesia”, el instante en que “Dios se entrega a nosotros por amor, una y otra vez”. En este sentido, los monaguillos, por su cercanía al altar, se convierten en testigos privilegiados y custodios de ese tesoro inestimable que es la presencia real de Cristo.
León XIV insistió en la importancia de la formación litúrgica, del silencio y de la dignidad en el servicio del altar. “Que vuestra actitud, vuestro silencio, la dignidad de vuestro servicio, la belleza litúrgica, el orden y la majestad de vuestros gestos introduzcan a los fieles en la grandeza sagrada del Misterio”, exhortó. La educación en la belleza y en la reverencia litúrgica, añadió, no sólo embellece la celebración, sino que forma la sensibilidad cristiana desde la infancia.
Con claridad poco común, el Papa se refirió también a la grave escasez de sacerdotes en Francia, calificándola de “gran desgracia”, y animó a los jóvenes a considerar la vocación sacerdotal como una posibilidad real que puede ir madurando “domingo tras domingo”. El servicio en el altar, señaló, no es sólo un aprendizaje práctico, sino un germen de entrega total que puede florecer en el sacerdocio.
Los monaguillos ejercen un papel vital en la liturgia:
Son quienes sostienen el misal, preparan el altar, portan el incienso y los cirios, y ayudan al sacerdote en el sacrificio eucarístico. Ese contacto delicado y cercano con lo sagrado es una verdadera escuela espiritual, que hace del servicio del monaguillo una auténtica cantera de vocaciones.
El contraste con la visita que realizaron estos mismos monaguillos franceses al Papa Francisco en 2022 es llamativo.
Entonces, el Pontífice no hizo mención alguna a la vocación sacerdotal, y les dijo: “Quizás tengáis amigos que viven en barrios difíciles o que se enfrentan a grandes sufrimientos, incluso a la adicción; conocéis a jóvenes desarraigados, emigrantes o refugiados. Os pido que los acojáis con generosidad, que los saquéis de su soledad y os hagáis amigos de ellos”. Un mensaje sin duda loable en sí mismo, pero que resultaba descontextualizado respecto al núcleo de lo que significa ser monaguillo.
Estos niños y jóvenes sirven en el altar, en torno a la Eucaristía; hablarles en ese momento sobre acoger refugiados, algo que podría corresponder más bien a la responsabilidad de sus familias, denotaba un discurso disperso, menos centrado en la naturaleza propia de su servicio.
[Fuente: INFOVATICANA]