No tiene ningún valor que haya monumentos, parques y calles que lleven el nombre del militar correntino José Francisco de San Martín, sin la clara y sostenida transmisión de sus enseñanzas, principios y formas de proceder personales.
Tal vez hubo un tiempo en que la mayoría de la sociedad conservaba -transversalmente- sanos valores. Eso, junto a una escolaridad pública muy superior a la actual, era un campo arado para que el modelo sanmartiniano pudiera calar hondo.
Pero en la dolorosa actualidad, empobrecida material y moralmente, con más de 80 años de destrucción educativa, con proyectos de vida vacuos, con miles de niños asesinados antes de nacer, con la mediocridad atravesándolo todo, con miles de argentinos con la salud mental en crisis, con la pérdida de sentido de comunidad y el rechazo a Dios y a la familia, la real figura y magnitud de San Martín no puede ser comprendida.
El estado lamentable en que se encuentra la Argentina desde hace muchas décadas, tan lejos del lugar por el que el Libertador de América y otros de su clase lucharon con honor, sumergen en la necesidad a millones, pero también los priva de cimientos sólidos.
Siguen haciendo de las suyas los que se empecinan en revisar la historia, no para quitarle el mal ganado bronce a unos cuantos sino, principalmente, para arrancarle la grandeza a los que la tuvieron en verdad, con el fin de ponerlos en el nivel de las bajezas y conveniencias de los pequeños, insignificantes y rastreros hombres y mujeres de la política actual.
El General José Francisco de San Martín fue grande, sin ninguna dudas, pero como una obra de arte, una fina porcelana o un valioso libro ocultos en la oscuridad de un armario, no sirve para nada si no se lo exhibe y valora en lo cotidiano, si no se naturaliza su presencia y dignidad. ¿Qué sentido tiene hablar de San Martín un día al año y comportarse -en publico o privado- como él mismo reprobaría?
No es necesario imaginar qué diría José de San Martín de los políticos y muchisimos hombres públicos actuales, tan afectos a la mentira, la supervivencia a toda costa en la estructura del Estado, el afán por las conveniencias de estar con el que conviene, a disponer o permitir arbitrariedades, a justificar sus escandolosos ingresos, a favorecer a obsecuentes e incapaces y a rechazar cualquier acto que los lleve a perder sus privilegios.
El Libertador fue un hombre digno que eligió la grandeza y el honor como normas de vida, que se forjó en las lides de la guerra, se entrenó para la lucha y para hacerle frente a las dificultades, hombre de profunda fe católica que promovió la fortaleza religiosa de su tropa y de los pueblos, que depositó en Dios su confianza y no bajó los brazos aunque supo cuándo convino callar y dar un paso al costado.
Aquel hombre fue el que enseñó a sus hombres que eran delitos graves agachar la cabeza en combate, no admitir un desafío, no responder a insultos, hacer trampamalos manejos de dinero, codearse con prostitutas, hablar mal de sus compañeros, ser chabacano, maltratar a una mujer, beber en exceso y volcarse al juego y las apuestas.
El culto del valor y del honor, la exigencia en la instrucción, la persistencia constante en el duro aprendizaje físico, la férrea disciplina, el orgullo de ser granadero, la altivez en la mirada, en el gesto o en el hablar, fueron los cimientos en la formación de aquellos hombres para que los únicos destinos eran la gloria o la muerte.
Ninguno de estos postulados del regimiento que creó fueron algo separado de los principios que signaron la vida de José de San Martín. Cada acción, por pequeña que fuera, pública o privada, estuvo impregnada de virtud, convicción, honor y rectitud.
Nunca será poco lo que se escriba para ponderar la grandeza personal, militar o política de San Martín. Pero más valioso que los monumentos, los discursos, los desfiles y los lugares que lo recuerden, serán las acciones de quienes lo imiten al gobernar, educar, administrar y comportarse en sociedad, incluso si tal emulación les acarrea críticas o perjuicios.
-> Alberto Mora