San Isidro, Buenos Aires | |
       
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  .: HISTORIAS

 
El carnaval
   
Desde principios del siglo XX y casi hasta mediados del mismo, aunque decayendo progresivamente desde los fines de los años cuarenta (como sucedió en todos lados), el carnaval fue uno de los importantes acontecimientos populares del año. Tenía un reglamento riguroso, dentro de las conocidas franquicias que el Rey Momo permite.

Sólo se podía empezar a jugar con agua una vez terminado el corso, a las doce de la noche, cuando una bomba o una sirena anunciaba la libertad para empezar el juego. Los permisos de disfraz se solicitaban en la Intendencia o, a veces, en la comisaría; se permitía jugar con papel picado, flores, pomos, y "perlas de junco seco". Se supone que no se usaban las serpentinas, que no figuran en el reglamento. Para controlar el respeto de las reglas se nombraban "Comisarios" que aplicaban las disposiciones municipales sobre el evento.

Todo el mundo participaba del Carnaval, de una u otra manera. Se elegía para presidir la Comisión encargada de organizar el corso —espectáculo donde se concentraba todo el esplendor de la fiesta— o para integrar el jurado a políticos o vecinos prestigiosos, ex o futuros intendentes o concejales como, por ejemplo, los doctores Juan Germano, Manuel Obarrio, Mario Lambertini, Salomón Cesarski, Pillado Matheu, Ignacio Arbeláiz o David Jessen, Ceferino Indart, Andrés Rolón, Germán Tirigall y también participaban ofreciendo premios los Rolón, Beccar Varela y otros vecinos notorios de alto nivel social y económico.

Los premios se daban a las mejores carrozas o vehículos, palcos del corso (que los locatarios adornaban para competir), disfraces y murgas. Éstas eran, realmente, el número fuerte de la fiesta y estaban formadas por integrantes de distintos barrios, muchachos que se descoyuntaban para ganarse los premios, que consistían en algunas libras esterlinas, medallas o "placas" y "estatuas", amén del prestigio que los acompañaba del corso de un año al siguiente. Estas murgas se ponían nombres graciosos e intencionados como "Los Amantes del Pan Rallado", "La Cucaracha", "Los Hambrientos", "Los Olvidados de la Pampa", "Los Chiflados", "Los Nenes de Mamá", "Los Fiocas" o "Los Amantes al Engrudo". Del barrio "del Mondongo", próximo al antiguo Hospital, salían las más conocidas, habiendo entre ellas las mismas rivalidades que eran comunes entre los clubes de fútbol.

Quien se llevaba, invariablemente, el primer premio en el corso por los vehículos o artefactos originales que fabricaba era Oreste Fariña, que un año presentaba un submarino, luego un molino holandés, una locomotora o cualquier otro aparato construido en su famoso taller de la calle Cosme Beccar.

Iluminado a querosén y alcohol hasta 1916, el corso recorría, con pocas variantes, las calles céntricas del pueblo. 25 de Mayo, desde 1a Junta a Bernabé Márquez y 9 de Julio desde 25 de Mayo a Cosme Beccar, por Belgrano y vuelta. A partir de 1935 se empezó a realizar en la Avenida Centenario, desde Don Bosco a Laprida, pero ya desde 1925 se hacía un segundo corso en Martínez, tomando como eje la calle Alvear. Para la música siempre había un par de bandas, a veces hasta cuatro, civiles o militares, como la banda del Regimiento 2 de Artillería (1927). Los murguistas desfilaban con sus propios instrumentos y el retumbar incansable de los bombos.


El Restaurador lo prohibió

El pueblo de San Isidro se aprestaba a festejar el Carnaval aquel año de 1844 -o el de los 35 de Libertad, 29 de Independencia y 15 de la Confederación- cuando sorpresivamente el Juez de Paz recibió, con fecha 22 de febrero, un decreto del Superior Gobierno (a cargo de Juan Manuel de Rosas) que en sus considerandos sostenía que "las costumbres opuestas a la cultura social y al interés del Estado suelen pertenecer a todos los pueblos" y consecuentemente a "la autoridad pública corresponde designarles prudentemente su término" y habida cuenta que durante estas fiestas "las familias sienten otros males por el extravío indiscreto de sus hijos, dependientes o domésticos", fueron razones suficientes para dejar "abolido y prohibido para siempre el juego de Carnaval".

El decreto también prometía a los infractores "la pena de tres años destinados a los trabajos públicos del Estado", por lo que, sin decir agua va ", el pueblo de San Isidro se quedó sin mojarse en aquellos carnavales.


[Fuentes: “La metamorfosis de San Isidro” (de Pedro Kröpfl) y “Reseña histórica del partido de San Isidro” (de Bernardo Lozier Almazan)]

 

 

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