La comunidad de fieles de Santa Rita se acercó al tradicional santuario de
Santa Rita en Boulogne para pedir y, en muchos casos, a agradecer su
intercesión.
Desde primeras horas del 22 de Mayo un
desfile de personas visitó el templo construido en la década del '40 y, como
estaba anunciado, a las 16:00 partió la imagen de la santa italiana portada por
devotos. Mientras la columna avanzaba por Francisco Beiró, Gascón, Bermejo,
Cosme Argerich, Cnel. Bogado, Curupaytí, Pichincha y regresaba por Beiró, los
vecinos se asomaban para sumarse, saludar y aplaudir, algunos de ellos
visiblemente conmovidos.
Entre los procesantes, además del obispo
diocesano Mñor. Guillermo Caride, se hallaban el intendente de
San Isidro, Ramón María Lanús, y el concejal Walter
Pérez, vecino de la localidad.
De regreso al templo, el obispo
Caride ofició la Santa Misa junto al párroco Juan
Ignacio Pandolfini y el vicario Diego
Burbridge.
Luego de la lectura del Evangelio según San
Lucas que refiere que el verdadero mérito cristiano está en amar a los
enemigos y hacer el bien sin esperar nada a cambio, el obispo reflexionó sobre
la tentación de abandonar el camino que Dios pide ante la evidencia de impunidad
de la que gozan muchos.
"Nosotros en este tiempo estamos
celebrando la pascua de Jesús, donde nos dice que todo aquello que nos cansa en
la vida no tiene la última palabra. Jesús tomó todo lo que nos hace sufrir, todo
lo que nos cansa, pero la resurrección que el amor del Padre lo
resucitó.", dijo el prelado.
"El Espíritu Santo es lo
que siembra en nosotros la esperanza, que nos hace levantar la mirada en el
cansancio y seguir caminando." Finalmente, Mñor Caride
expresó "Por eso la primera intención que podemos pedirle a Santa Rita
hoy es que nos renueve la esperanza para seguir caminando en medio de nuestros
cansancios".
Concluida la celebración eucarística, se
distribuyeron entre los fieles rosas que otros devotos fueron llevando durante
la devocional jornada.
La historia de la
Santa
Santa Rita de Cascia fue una hija
obediente, esposa fiel, esposa maltratada, madre, viuda, religiosa,
estigmatizada y santa incorrupta. Santa Rita lo experimentó todo, pero llegó a
la santidad porque en su corazón reinaba Jesucristo.
Nació en Mayo de 1381 en Cascia, entre las montañas del
centro de Italia, la zona que quizás más santos ha dado a la Iglesia
(San Benito, Santa Escolástica, San Francisco, Santa Clara, Santa
Ángela, San Gabriel, Santa Clara de Montefalco, San Valentín y
muchísimos más).
Su vida comenzó en tiempo de guerras, terremotos, conquistas y rebeliones.
Países invadían a países, ciudades atacaban a ciudades cercanas, vecinos se
peleaban con los vecinos, hermano contra hermano. Los problemas del mundo
parecían más grandes que lo que la política y los gobiernos pudieran resolver.
Nacida de devotos padres, Antonio Mancini y Amata
Ferri a los que se conocía como los "Pacificadores de Jesucristo",
porque se ocupaban de apaciguar peleas entre vecinos. Ellos no necesitaban
discursos poderosos, solo el Santo Nombre de
Jesús.
Parece que desde el primer momento de su nacimiento Dios tenía designios
especiales para Rita. Según una tradición, desde que era bebé,
mientras dormía en una cesta, abejas blancas se agrupaban sobre su boca,
depositando en ella la dulce miel sin hacerle daño y sin que la niña llorara
para alertar a sus padres. Uno de los campesinos, viendo lo que ocurría trató de
dispersar las abejas con su brazo herido. Su brazo se sano inmediatamente.
Después de 200 años de la muerte de Santa Rita, algo extraño
ocurrió en el monasterio de Cascia. Las abejas blancas surgían de las paredes
del monasterio durante Semana Santa de cada año y permanecían hasta la fiesta de
Santa Rita, el 22 de Mayo, cuando retornaban a la inactividad
hasta la Semana Santa del próximo año. El Papa Urbano VIII,
sabiendo lo de las misteriosas abejas pidió que una de ellas le fuera llevada a
Roma. Después de un cuidadoso examen, le ató un hilo de seda y la dejó libre.
Esta se descubrió mas tarde en su nido en el monasterio de Cascia, a 138
kilómetros de distancia. Los huecos en la pared, donde las abejas
tradicionalmente permanecen hasta el siguiente año, pueden ser vistos claramente
por los peregrinos que llegan hoy al Monasterio.
Matrimonio
Sus padres, analfabetos, enseñaron a Rita desde niña todo
acerca de Jesús, la Virgen María y los más
conocidos santos. Al igual que Santa Catalina de Siena, ella
nunca fue a la escuela a aprender a escribir o a leer.
Ella quería ser religiosa toda su vida, pero sus padres avanzados ya en edad,
escogieron para ella un esposo, Paolo
Ferdinando. Rita obedeció.
Después del matrimonio, su esposo demostró ser bebedor, mujeriego y abusador.
Rita le fue fiel y encontró su fortaleza en Jesucristo, en una
vida de oración, sufrimiento y silencio. Tuvieron dos gemelos, los cuales
sacaron el temperamento del padre. Rita se preocupó y rezó por
ellos.
Después de veinte años de matrimonio y oración por parte de
Rita, el esposo se convirtió, le pidió perdón y le prometió
cambiar su forma de ser. Rita lo perdonó y él dejó su vida de
pecado y pasaba el tiempo con Rita en los caminos de Dios. Esto
no duró mucho, porque su esposo fue asesinado cuando regresaba a su casa.
Los hijos, que ya eran mayores, juraron vengar la muerte de su padre. Las
súplicas no lograban disuadirlos. Fue entonces que Santa Rita,
comprendiendo que más vale salvar el alma que vivir mucho tiempo, rogó al Señor
que salvara las almas de sus dos hijos y que tomara sus vidas antes de que se
perdieran para la eternidad por cometer un pecado mortal. Los dos padecieron una
enfermedad fatal. Durante el tiempo de enfermedad, la madre les habló dulcemente
del amor y el perdón. Antes de morir lograron perdonar a los asesinos de su
padre.
Entra a la vida consagrada
Al quedar sola no se dejó vencer por la tristeza y el sufrimiento.
Santa Rita quiso entrar con las hermanas Agustinas, pero en esa
congregación no querían una mujer que había estado casada. La muerte violenta de
su esposo dejó una sombra de duda. Ella se volvió de nuevo a
Jesús en oración.
Ocurrió entonces un milagro. Una noche, mientras Rita dormía
profundamente, oyó que la llamaban "¡Rita, Rita, Rita!" y eso
ocurrió tres veces, a la tercera vez Rita abrió la puerta y
allí estaban San Agustín, San Nicolás de
Tolentino y San Juan el Bautista del
cual ella había sido devota desde muy niña. Ellos le pidieron que los siguieran.
Después de correr por las calles de Roccaporena, en el pico del Scoglio, donde
Rita siempre iba a orar sintió que la subían en el aire y la
empujaban suavemente hacia Cascia. Se encontró arriba del Monasterio de Santa
María Magdalena en Cascia. Entonces cayó en éxtasis y luego se encontró dentro
del Monasterio. Ante aquel milagro las monjas agustinas la aceptaron. Es
admitida y hace la profesión ese año de 1417, donde pasa 40
años de consagración a Dios.
Rita meditaba muchas horas en la Pasión de Cristo, en los
insultos, los rechazos, las ingratitudes que sufrió en su camino al
Calvario.
Durante la Cuaresma de 1443 fue a Cascia un predicador
llamado Santiago de Monte Brandone, quién dio un sermón sobre
la Pasión de Nuestro Señor que tocó tanto a Rita que a su
retorno al monasterio le pidió fervientemente al Señor ser partícipe de sus
sufrimientos en la cruz. Recibió los estigmas y las marcas de la corona de
espinas en su cabeza. A la mayoría de los santos que han recibido este don
exudan una fragancia celestial. Las llagas de Santa Rita, sin
embargo, exudaban mal olor, por lo que debía alejarse de la gente.
Por 15 años vivió sola, lejos de sus hermanas monjas. El Señor le dio una
tregua cuando quiso ir a Roma para el primer Año Santo. Jesús
removió el estigma de su cabeza durante el tiempo que duró la peregrinación. Tan
pronto como llegó de nuevo a casa la estigma volvió a aparecer y teniéndose que
aislar de nuevo.
En su vida tuvo muchas llamadas. pero ante todo fue una madre tanto física
como espiritualmente. Cuando estaba en el lecho de muerte, le pidió al Señor que
le diera una señal para saber que sus hijos estaban en el cielo. A mediados de
invierno recibió una rosa del jardín cerca de su casa en Roccaporena. Pidió una
segunda señal. Esta vez recibió un higo del jardín de su casa en Roccaporena, al
final del invierno.
Los últimos años de su vida fueron de expiación. Una enfermedad grave y
dolorosa la tuvo inmóvil sobre su humilde cama de paja durante 4 años. Ella
observó como su cuerpo se consumía con paz y confianza en Dios.
Muerte de la Santa
Santa Rita recorrió el camino de la perfección, la vía
purgativa, la iluminativa y unitiva. Conoció el sufrimiento y en todo creció en
caridad y confianza en Dios. El crucifijo fue su mejor maestro. Al morir la
celda se iluminó y las campanas tañeron solas por el gozo de un alma que entra
al cielo.
Su muerte, en 1457, fue su triunfo. La herida del estigma
desapareció y en lugar apareció una mancha roja como un rubí, con una deliciosa
fragancia. Debía haber sido velada en el convento, pero por la cantidad de gente
se necesitó la iglesia. Permaneció allí y la fragancia nunca desapareció. Por
eso, nunca la enterraron. El ataúd de madera que tenía originalmente fue
reemplazado por uno de cristal y ha estado expuesta para veneración de los
fieles desde entonces. Multitudes todavía acuden en peregrinación a honrar a la
santa y pedir su intercesión ante su cuerpo que permanece incorrupto.
León XIII la canonizó en 1900.