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La Argentina del parche
   
Si se observa con un poco de atención, cualquier ciudadano podrá detectar fácilmente que, en general, vivimos situaciones cotidianas que evidencian la realidad de los “parches”.

Sea por el significado del paliativo y no la solución de fondo a un problema, por la mirada parcial que implica un ojo tapado, por la queja en formato de piquete callejero que golpea el cuero de un bombo o por la siniestra imagen de un funcionario que, cual pirata al ataque, se alza con un suculento botín luego de un abordaje brutal sobre dineros públicos, el parche es un símbolo omnipresente en la Argentina desde hace décadas.

Parche son los lomos de burro y los limitadores de velocidad que, aunque efectivos y convincentes, sólo demuestran que no hay manera de que se comprenda que las máximas de velocidad y las prioridades de paso, están para algo…

Parche es el plan social que reciben muchos desde hace años –incluso sin ser parte de una estructura “partidaria“-, como lo fueron otras formas de asistencialismo estatal en décadas pasadas. Un parche que sostenido en el tiempo no es solución y, al mismo tiempo, agranda el problema.

Parche es la labor –bendita- de muchas instituciones que buscan que un niño coma o estudie, un enfermo reciba su medicación contra el cáncer o un pobre tenga un abrigo en ausencia de acciones de Estado que garanticen (no por simple asistencialismo) el alimento, la instrucción, la medicación o el cobijo.

Parche son, desde hace muchos años, las medidas de los gobiernos argentinos que rechazan toda oportunidad de pensar y sostener Políticas de Estado, priorizando mezquinos y burdos objetivos de corto plazo.

Parche el arreglo efímero de una calle con un material que con la primera lluvia literalmente desaparece…

Parche es la tarea –generosa- de los que recogen la basura en las costas, basura que no tendría que llegar a los ríos porque no tendría que ser arrojada en las calles.

Parche es el que golpean los que, esperando ser escuchados en algún legítimo reclamo o ejerciendo presión a vaya uno a saber quién, se atreven a cortar una avenida o ruta entorpeciendo la circulación de miles que nada tienen que ver con su queja. Ánimos que se estropean, estrés que se potencia, malhumor que se hace diario.

Parche es la alambicada estructura de subsidios que dispersan, envician y ensucian la realidad de servicios e instituciones.

Parche es la solución a un problema por tener la fortuna de conocer a un funcionario que escuche con más atención y que con ello ponga nuestro tema en prioridad. Sin ese circunstancial conocido,… ¡a la cola!

Parche es lo que tapa un ojo de los que sostienen que una insignificante bacteria debe ser considerada vida si se la encuentra en un planeta lejano, pero al mismo tiempo rechazan que un óvulo fecundado hace unos días sea un ser humano en crecimiento.

Parche es el conformismo de imaginar que una solución a medias es muchísimo mejor que nada y que “peor estaríamos sin esto”.

Parche es la recortada mirada de la justicia que muestra cómo deja en libertad a delincuentes peligrosos y a abusadores que volverán a abusar, mientras el Estado no hace casi nada eficaz para que quien está detenido reencauce su vida. En general un preso no trabaja, no estudia, no cumple horarios durante su condena. El Estado lo separa de la sociedad y luego de un tiempo lo devuelve a ella, en condiciones más o menos similares.

Parche es la mirada parcial (egoísta) de quien estaciona en doble fila, sobre sendas peatonales o frente a rampas para personas con discapacidad, mientras compra en el kiosco, en la farmacia o cuando recoge a los chicos del colegio, amparado en que nunca –o casi nunca- hay un policía o inspector de tránsito que detecte tal acción.

Parche es la mirada sesgada de la clase política que critica de otros lo mismo que espera que nadie detecte en su accionar.

Parche es no ver que Lázaro Báez no hay uno solo. Hay muchos -tal vez no tan desmedidos- y no sólo entre los cuestionados amigos del gobierno nacional, sino en otros niveles del Estado favorecidos por concursos a medida o contrataciones directas.

Parche es la mirada cómoda –y corrupta- del ciudadano que justifica su infracción, su incumplimiento, su ventaja mal habida, con una respuesta a flor de labios: Si el Estado no hace las cosas como debe, ¿por qué las voy a hacer yo?

Parche en un ojo tienen los medios que no quieren que nadie los controle en sus contenidos en aras de la libertad de prensa o de expresión, y despedazan a oyentes y lectores cuando opinan en contra de sus intereses o formas de proceder.

¿Es posible dejar de lado a la Argentina del parche? Difícil encontrar una respuesta acertada basada en la realidad.

“Tenemos los gobiernos que nos merecemos”, han dicho muchos. Podríamos decir que nos merecemos más que lo que nos ha tocado, pero también que si como ciudadanos, padres, como conductores de vehículos, como contribuyentes, como empresarios, como empleados, muchos se comportan buscando siempre sacando ventaja a casi cualquier precio, ¿por qué los gobernantes podrían ser distintos? No son importados de otros países, ni se formaron en otra sociedad. Tienen los mismos talentos y bajezas que arrastra una parte importante de la  Argentina.

No todos robamos o recibimos coimas, es cierto. No todos ocupamos cargos sin tener la capacidad para ello. No todos ocupamos un puesto sólo por “haber sido fiel”.

La mayoría estudiamos, aprendimos un oficio, trabajamos, hicimos malabares para construir una familia y tener lo que tenemos.

Pero las decisiones que toman los gobernantes, los legisladores, la justicia, tienen relación con cómo somos o cómo nos comportamos.

Nos decimos honestos, decentes y trabajadores, pero nos falta algo más: coherencia y reacción.

Coherencia para no permitirnos bajar los brazos ni darnos permiso para hacer algo deshonesto, inapropiado, injusto.

Reacción rápida para juntar codo con codo cuando una injusticia se presenta. Las marchas masivas más o menos recientes de ciudadanos indignados fueron, digamos, estimulantes. Pero ¿acaso estuvimos dormidos, ajenos, extraviados, durante años?

Una sociedad mejor, con menos parches, requiere de ciudadanos activos, que no dejen para cuando tengan tiempo movilizarse por quien lo necesita, reunir dinero, abrigo o lo que sea.

Una Argentina con menos parches requiere de ciudadanos que se reúnan, hablen, se preocupen por el vecino, contacten organizadamente y en cantidad a las empresas de servicio o a las áreas del Estado por las deficiencias en las prestaciones. Que todos sepan el peso que tiene una ciudadanía activa.

Un país con menos parches requiere de personas educadas, formadas en el respeto constante a los demás, que salten de su comodidad en defensa de un desconocido o reclamando el cumplimiento de una norma.

Los parches, las soluciones temporarias, las miradas parciales, se pueden eliminar. Ni en sueños puede ser rápido, ni mágico. Y mucho menos puede ocurrir sin la participación real y constante de los ciudadanos.

¿Cuántos serán los primeros?


-> Alberto Mora
Director de Contenidos
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